—Ernesto, ¿no quieres tiempo para general, observó una casa a punto
pensar? —estaba por cerrar la puer- de quebrarse. El vestido de su espo-
ta, pero el empleado lo detuvo. sa era de segunda mano, vestía los
—No, quiero hacerlo. Puedo em- mismos pares de zapatos desde hace
pezar ahorita mismo, si usted me lo años, así que soltó un suspiro y le
permite, señor. sonrió gratamente.
—¡Ja! Queridísimo amigo, nunca —No sabes lo bien que me ha ido en
había visto a alguien tan motivado el trabajo hoy.
por el dinero como tú —lo palmeó Era la misma rutina, llegaba a la
fuertemente en la espalda y con un gran sala de espera y tomaba aquel
ligero empujón lo movió hacia la sil- ascensor presionando el botón “B”.
la de madera. La puerta negra ahora estaba perso-
Sin decir nada más, cerró la puer- nalizada con su nombre y siempre,
ta y la habitación quedó a oscuras. antes de entrar, volteaba a ver las
¿Así es como un ciego se siente? —se demás puertas, algunas tenían nom-
cuestionó Ernesto. Se sentó en aque- bres y otras estaban vacías. Cuando
lla silla que para su sorpresa no era se sentaba en aquella silla trataba de
rígida y miró a la nada. mantener la calma, tarareaba me-
Nunca había aprendido a estar lodías y a veces cantaba a todo pul-
solo, esto iba a ser complicado, lo món. Un día se le ocurrió platicar con
presentía. Sin embargo, la codicia
puede mover montañas.
Esa noche regresó a su casa con
solo una pregunta en su mente. Le
dijo a su esposa que el trabajo lo ha-
bía dejado agotado, no física sino
mentalmente. Ella ya lo esperaba
con la cena y una sonrisa. Ernesto en-
tonces miró la vajilla de plástico, los
utensilios oxidados por el paso de
los años, la cocina, los muebles y, en
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