Zaguán Literario 07 Zaguán Literario 07 | Page 30

—Ernesto, ¿no quieres tiempo para general, observó una casa a punto pensar? —estaba por cerrar la puer- de quebrarse. El vestido de su espo- ta, pero el empleado lo detuvo. sa era de segunda mano, vestía los —No, quiero hacerlo. Puedo em- mismos pares de zapatos desde hace pezar ahorita mismo, si usted me lo años, así que soltó un suspiro y le permite, señor. sonrió gratamente. —¡Ja! Queridísimo amigo, nunca —No sabes lo bien que me ha ido en había visto a alguien tan motivado el trabajo hoy. por el dinero como tú —lo palmeó Era la misma rutina, llegaba a la fuertemente en la espalda y con un gran sala de espera y tomaba aquel ligero empujón lo movió hacia la sil- ascensor presionando el botón “B”. la de madera. La puerta negra ahora estaba perso- Sin decir nada más, cerró la puer- nalizada con su nombre y siempre, ta y la habitación quedó a oscuras. antes de entrar, volteaba a ver las ¿Así es como un ciego se siente? —se demás puertas, algunas tenían nom- cuestionó Ernesto. Se sentó en aque- bres y otras estaban vacías. Cuando lla silla que para su sorpresa no era se sentaba en aquella silla trataba de rígida y miró a la nada. mantener la calma, tarareaba me- Nunca había aprendido a estar lodías y a veces cantaba a todo pul- solo, esto iba a ser complicado, lo món. Un día se le ocurrió platicar con presentía. Sin embargo, la codicia puede mover montañas. Esa noche regresó a su casa con solo una pregunta en su mente. Le dijo a su esposa que el trabajo lo ha- bía dejado agotado, no física sino mentalmente. Ella ya lo esperaba con la cena y una sonrisa. Ernesto en- tonces miró la vajilla de plástico, los utensilios oxidados por el paso de los años, la cocina, los muebles y, en 29