la nada, como si ésta fuera un gran jefe entró e interrumpió su jornada.
amigo, comenzó la conversación con —Compañero, ¿estas ahí? —pre-
timidez, sin embargo, se hizo fluida guntó acomodándose el saco y la
con el paso del tiempo. corbata cuidadosamente.
—¡Silencio! —Ernesto tocó sus sienes
nesto le platicaba a su esposa sobre mirando al piso—. Estoy teniendo
su “amigo” del trabajo, al que incluso una conversación con ellos, ¿no te
le había inventado una vida. Una ma- das cuenta? ¡Ya! ¡Los espantaste! ¡No
ñana al despertarse ya ansiaba plati- se vayan, mis amigos! —sus pupilas
car con aquel “amigo”. Con el paso de estaban dilatadas y su mirada era la
los días Ernesto empezó a creer que de un loco.
aquella persona era real, juraba que a —Yo sé a dónde se fueron, com-
veces sentía la respiración de alguien pañero. Ven, te enseño —el jefe
más en aquel cuarto. tomó el brazo de Ernesto y lo sacó
Los ingresos de Ernesto claramen- del cuarto. Un grupo de personas lo
te crecieron al igual que su ambición. extrajeron de aquel lugar y lo mon-
Cada vez pedía más horas extra en taron en una camioneta sin venta-
ese cuarto, no se preocupaba, pues nas haciéndole creer que seguía en
tenía “amigos” con quien platicar aquel cuarto. Afuera de las oficinas
adentro. Así pasó un año. Un día su más de una docena de camionetas
abandonaba el edificio corporativo,
todas iban rumbo a un único destino
imposible de rastrear.
El hombre regresó sin preocupa-
ción alguna a su oficina, tomó el te-
léfono para llamar a su asistente. Al
abrir la puerta, la joven le preguntó
qué se le ofrecía.
—Vuelve a poner el anuncio en el
periódico, otra vez tenemos demasi-
adas vacantes.
30
Llegó un momento en el cual Er-