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Cuento

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Un par de años después, Luis visitó España y en Madrid, se preparó meticulosa y sabiamente para cumplir sus objetivos. Paseó largamente y sin prisas por el Barrio de las Letras mientras se le deslizaban por la memoria, flujos de letras que se acomodaban para formar palabras, oraciones y fragmentos de textos de Lope de Vega, de Cervantes, de Quevedo, de Góngora, alguna vez leídos, y luego perdidos, y entonces, en el transcurso de ese caminar, recuperados. Comió paella más de una vez en los restaurantes de la Plaza Mayor, tomó café en la Gran Vía, fue a un espectáculo mediocre de Flamenco que se compensó porque allí conoció a Daniela, mucho más joven que él y devota de la libertad, eso decía, y que lo confirmó cuando luego de amarse ella le advirtió: “No se te ocurra enamorarte de mí, porque a mí sólo me interesa el sexo, no los sentimientos”. No sabía Daniela que él, durante los espasmos de la pasión, había confundido la cara de ella, con la de La joven de la Perla, la protagonista de la maravillosa obra de Vermeer. Con Daniela, aunque le costó convencerla, fueron al día siguiente al Museo del Prado.

El Prado, más modesto en su estructura que otros de los grandes museos, contiene, sin embargo, una enorme riqueza de colecciones. Hay tanto y tan bueno, que el visitante, al igual que en los demás, debería pasarse días en recorrerlo. Pero Luis, sabía lo que quería ver. Así, se detuvieron ante La Anunciación, de Fra Angélico, y Luis, conmovido por las formas tan simples y tan vivas, fue asaltado por el borroso recuerdo de algún texto leído hacía tiempo, cuyo autor no recordaba, y que hablaba del hombre que pintaba ángeles en cada puesta de sol. Luego, estuvieron frente a las obras de El Greco, los rostros alargados y sombríos, los colores pálidos, los caballeros que representan la visión de este griego sobre el espíritu español. Era imposible saltarse a Diego de Velásquez y menos a Las Meninas, con la Infanta de España relumbrando desde el centro, en el taller del pintor, y el mismo Velásquez apareciendo atrás, observando la escena. Luis sentía los sacudimientos de su alma ante la contemplación de esa perfección, Daniela, no obstante su cortesía, se aburría durante el tiempo que le pareció infinito en que él se quedó frente a la obra de arte. Pero Luis tenía fijado un objetivo principal, que era llegar hasta Hyeronimus Bosch. Frente a El Jardín de las Delicias, Luis, que la observaba de reojo, vio que Daniela por fin se animaba. Pero él no estaba para prestarle atención a Daniela sino a esas imágenes del Paraíso, de la lujuria, de los tormentos del infierno. Estuvo mirando en detalle la profusión de imágenes fantásticas, durante más de media hora, hasta que las palabras de ella, que evidentemente no era muy dotada en cuanto a conocimientos ni amor por la pintura, al ver la parte central del tríptico, le dijo: “Estos eran más depravados que yo, por lo visto”. Aunque él no respondió a lo que consideraba un exabrupto, allí acabó el romance con la joven española y, al día siguiente, partió hacia Florencia.

Todos los sueños, todas las exaltaciones, se le hicieron realidad en la sin igual Piazza donde se dio de frente con las maravillas de la Catedral de Santa María del Fiore, el alucinante Baptisterio y sus puertas talladas por grandes genios como Donatello, Bruneleschi, Ghiberti, Pisano, y que Miguel Ángel, cuando las vio las llamó las Puertas del Paraíso. No fue menor su emoción con las esculturas de la Piazza de la Signoría, aunque el David, de Miguel Ángel, y las obras de Donatello y de Baccio Bandinelli, fueran réplicas. Allí respiraba arte, respiraba historia y vivía los albores de una felicidad próxima a concretarse. Había ido solo, había cometido un acto de infidelidad con muchas de las mujeres a las que quiso, pero él tenía una cita con una mujer más bella, con un amor secreto, arrinconado en algún espacio de su alma, desde que la viera, por primera vez, en algún libro de imágenes de los grandes pintores. Allí se encontraría con Simonetta Vespuci y, con el corazón galopándele en el pecho, se dirigió hacia ella. En la Galería degli Ufizzi, estaba Simonetta surgiendo de una concha marina, recibiendo el soplo de Céfiro, mientras flores caen del cielo y ella, desnuda, cubre su sexo con su larga cabellera color canela. Sus pechos pequeños, los muslos resplandecientes y perfectos, las piernas y los pies en una arrebatadora armonía, el rostro que suma todas las excelencias y las promesas. Allí está esa Venus, esa Afrodita que nace, y que Sandro Boticelli, el maestro pintor del Renacimiento que también la amó, como tantos otros, ahora se la ofrece. Él la contempla, la acaricia en su imaginación, la desea, y en secreto, le jura amor eterno. “Siempre te voy a amar. Sólo tú y Nefertiti, perdóname, serán los verdaderos amores de mi vida. Seré fiel aunque esté con otras cuyo andamiaje de carne, me sea más accesible que los sueños de ti. Perdóname, Simonetta y recibe mi entrega desde hoy y para siempre”.