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Colaboración
Luis tenía 49 años en el momento de su encuentro con la Venus de Boticelli. Siguió intentando conocer la obra de los grandes maestros y buscó, entre otras, la de su amado Van Gogh y vio sus ríos de cielo, sus ríos de estrellas, sus ríos de trigo, sus ríos de luces. Pero algo se había quebrado en su alma. Sus contemplaciones de pinturas ya no lo colmaban como antes, pues la dimensión de sus sueños se llenó con las dos mujeres que para él habían saturado todos los espacios del arte y de la vida. Tuvo también otras mujeres, pero al amarlas, ya carecían de rostro y de cuerpos propios. Él les hacía el amor solamente a Nefertiti y a Simonetta. Esto al principio no lo alarmó, pero cuando en cada lecho que compartía con mujeres nuevas no podía sino ver a las diosas que se habían apoderado de él, empezó a preocuparse y a buscar una solución. Únicamente que, como suele suceder, equivocó el camino, tomó la dirección errónea y su mente, ya confundida, lo llevó a buscar la verdad y la sanación en quienes debía, al menos para los cánones normales, esquivar. Viajó otra vez a Europa, con apenas dos destinos fijados: Berlín y Florencia.
Luis ya no encontró a Nefertiti en el viejo museo ubicado en Charlottemburg, pero averiguó que ella había sido trasladada al Neues Museum. Entró al edificio desconocido en un estado de total intranquilidad, pues allí estaba para definir el destino de su amor. El busto inalterable de la reina lo miró desde su inmovilidad calcárea; él, la miró con los ojos de la pasión insatisfecha. Él le habló, le dijo que la amaba, le preguntó si ella sentía lo mismo por él. La imperturbabilidad de la piedra fue la única respuesta. Luis se desesperó, giró para irse. Entonces oyó una voz que venía de muy lejos y que le decía: “A ti me entrego Luis, mi señor”. Se volvió hacia ella y vio cómo sus labios se movían, cómo sus ojos cobraban vida, cómo todo el rostro de Nefertiti le sonreía. Empezó entonces a reír, corrió hacia ella, intentó mover la campana de cristal que la cubría. Entonces una voz gritó “halt”y dos guardias lo tomaron de los brazos y lo derribaron al piso. Cuando se lo llevó la policía pudo mirar por última vez la cabeza de piedra que seguía imperturbable, aunque, en el segundo final, a Luis le pareció advertir que esbozaba una leve sonrisa. Luis, no pudo seguir viaje a Florencia, ya que quedó internado en un instituto psiquiátrico de la capital alemana. Allí, algún enfermero que entiende español, dice que todo el tiempo Luis habla de pintura, pero que nadie lo entiende.