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desleales, y un día se internó en Berlín Oriental, y allí entre deslumbrantes epifanías, se descubrió caminando por una calle de Babilonia en el museo de Pérgamo. Su arrobamiento, su íntima felicidad, fue tan intensa como la de la noche en que vio emerger, por primera vez, entre ropas que caían, el cuerpo claro de Greta y su entrega sin reservas ni pudores. La pasión, en ese momento vivida, solo podía equipararse a la que experimentó en la caminata por la impresionante calle babilónica del Pergamun Museum.
En Berlín, habría más todavía, porque en un nuevo tránsito secreto y sabiendo lo que iba a buscar, y esta vez absolutamente infiel con Greta y aun con Luisa, se encontró con Nefertiti en el Ägyptishes Museum. Es que allí, en una cita de amor acordada solamente en su alma, se encontró con la imagen de la belleza absoluta, con la fascinación plena ante la hermosura desde siempre soñada. Es que la había amado desde sus más jóvenes años, cuando hojeando en un libro de arte, ella surgió como un amanecer y, entonces, se prometió que algún día iría a su encuentro. Se dio de frente con el pequeño busto de la reina egipcia y quedó detenido por unos instantes, pues lo atravesaron fulgores paralizantes emanados del epítome de la perfección hecha mujer. A pesar de los miles de años de distancia entre ella y él, Luis sintió que desde esa suma de formas, se le transmitían fragmentos de vida, de pasión, de exaltaciones, de noches lúbricas en un lecho de un palacio desaparecido y sintió, simultáneamente, la emoción de ser él el que la tenía en ese tálamo, y percibió igualmente, la conciencia, un tanto distante pero entristecedora, de saber que aquello no era posible. Permaneció casi una hora mirándola desde cada ángulo, absorbiendo cada detalle con sus ojos ávidos, con su piel dispuesta como un aspirador de perfección, como una esponja capaz de chupar todos los fluidos secretos que se expelen desde la gracia de lo humanamente perfecto y endiabladamente armonioso. Pensó, y envidió por unos instantes, al artista, posiblemente llamado Tutmose, que copió esas irresistibles formas vivas, y también lucubró, invadido por la piedad, que para ese hombre que realizó la obra, la vida posterior debía haber perdido todo sentido, luego de contemplar la absolutez de la belleza. Le dolieron a Luis, el alma y la carne ante tanta revelación. Esa noche, de nuevo con Greta, al hacerle el amor, vio cómo el rostro moreno de Nefertiti, por instantes se sobreponía al blanco y enmarcado de trigo, semblante de su amante alemana.
Cuando fue al Louvre, por segunda vez, se sintió un tanto hereje, pues pudo confirmar que, nuevamente, La Gioconda no terminaba de gustarle, pero volvió a la atestada sala de la Mona Lisa para corroborarlo. Sin embargo, había tres obras que buscaba y con las que había soñado por años. Eran dos esculturas y una pintura. Así se enloqueció con la Victoria de Samotracia, y aquella extraordinaria Niké griega le hizo detestar a todos los que en este mundo llamaban a una marca de zapatos deportivos como “naik”, bastardeando el nombre de la Diosa griega de la Victoria. Su intelectual compañera francesa de esos días, Nicole, que se parecía más a la pintura que persiguió hasta encontrar, La gran Odalisca, de Ingres, estuvo de acuerdo con su apreciación y agregó que ese mal gusto únicamente podía ser cosa “des stupids americains”. Y llegaron finalmente al tercero de sus objetivos, Eros y Psique, la deslumbrante escultura de Canova, tan plena de reflejos, tan sugestiva, tan novedosa desde cada ángulo que se observara, tan conmovedora. Aquella noche, Luis desnudó a Nicole como a la Odalisca, y luego le pidió que cerrara los ojos como si durmiera, y él, que ya no andaba en edad para esos trotes, intentó despertar con un beso a la Psique dormida e imitar entre ambos la forma de la escultura que durante la tarde habían venerado. No lo lograron, claro, y aunque se amaron febrilmente esa noche, él, una vez más, fracasó en llegar al alma-psiqué de aquella Nicole que, aunque le siguió el juego, lo frustró en su esperanza de que el amor pudiera salvar el alma de esa humana que yacía con él en un hotel de medio pelo en París. Otra frustración fue que por un problema de horarios, no pudieron ver la talla de las manos arrebatadoras de la Catedral, de Rodin, pero en restaurante en el que cenaron, acercaron sus manos imitando la famosa escultura y eso, a Luis le sirvió de esbozo de consuelo.
Nicole, que era buena persona, no obstante que no le rindió su espíritu, acompañó a Luis a Roma y allí se sumergieron en El Vaticano. En un maratónico recorrido de muchas horas, esquivando tanto para ver, tanto para disfrutar, se deslumbraron con La Piedad, de Miguel Angel, con esa sublime expresión del amor. Siguieron luego con la Visión de la Cruz, de Rafael y terminaron, por supuesto en la inquietante Capilla Sixtina, verdadera catedral de la belleza, apoteosis de los sueños, intuición de Dios o del hombre dios, capaz de sacar del alma y de crear con la fuerza de su pasión y de su cuerpo de materia lábil, todo aquel esplendor de la belleza. Luego, en la noche, ella le entregó por última vez en la vida, todo el refulgir de su hermosura de mujer, todos los deleites y las sombras de la despedida en ríos de fuego que a él le incendiaron el alma. Y contribuyeron a ese ardor, la superposición, que él creyó descubrir, de algunos rostros de las mujeres de las pinturas de Klimt (tan lejano, tan ausente) al de la bella francesa que gemía bajo su cuerpo.