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Colaboración

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Apresurado caminó —en realidad debería decirse que, a pesar del agotamiento, trotó— las cuadras que separaban a la fábrica de su vivienda. Al doblar en la esquina encontró a Paola en la puerta de la casa, la que al verlo emprendió una carrera que la depositó en sus brazos: ella corrió, lo que no podía hacer desde antes del accidente. Lo abrazó y lloraron en silencio. Tal era su alegría que Oscar nada comentó acerca del genio de la damajuana que liberó; prefirió guardar el secreto, y dejar que Paola creyese que la recuperación era resultado de los ejercicios que le mandó la kinesióloga.

A la mañana despertó alarmado: por la noche el cansancio lo había vencido y no alcanzó a pensar en cuál sería el segundo deseo a pedir. Aunque quedaba claro que no quería vivir más en la pobreza; era hora de poder disfrutar de la vida. Con la recuperación de Paola había comprobado que el genio no era alucinación ni farsa; sería cuestión de meditar la manera de formular el segundo deseo. En el trayecto a la fábrica escuchó el sonido del motor de un coche; a su lado pasó un moderno Mercedes Benz color verde metalizado —conducido por un chofer con camisa blanca y corbata— en el cual se trasladaba Mauricio Noble de Hoz, el dueño de la fábrica en la que trabajaba. Con su traje negro —usarlo solo era posible debido al aire acondicionado que lo protegía del calor— el patrón ni siquiera desvió la vista al costado del camino, inserto en la lectura de un diario. Oscar dedujo que Don Mauricio —así acostumbraban llamarlo— buscaba información para mejorar la situación de la empresa y de los trabajadores.

Ingresó al sendero en busca del genio; la damajuana permanecía escondida entre el follaje y marcada con una rama. Al destaparla apareció la imponente silueta que, con dos dedos de su mano derecha en V, le indicó que debía demandar el segundo deseo. Sin reflexionarlo respondió:

—Quiero ser el dueño de la fábrica.

—Segundo deseo concedido mi amo; lo espero mañana con el último —contestó el genio, y raudo volvió a su prisión. Después de colocar el corcho y esconder el botellón entre los arbustos Oscar, sin notar cambio alguno, caminó hacia la fábrica.

Frente al portón principal el guardia de seguridad se irguió y con voz firme lo saludó:

—Buen día Sr. Olmedo.

Cosa extraña, ya que acostumbraba a mirarlo con repugnancia. Metros adelante se topó con una empleada administrativa que se dirigía a la entrada, quien lo saludó sonriente. En ese momento Oscar se dio cuenta que en lugar de su acostumbrado mameluco azul lucía un traje gris oscuro, y que la mochila con sus pertenencias que colgaba de sus hombros había sido reemplazada por un portafolio de cuero negro en su mano derecha.

—Por aquí Sr. Olmedo —le indicó el ascensorista a la vez que abría la puerta del elevador y apretaba el botón del piso cinco.

Lo recibió Mabel, la rubia secretaria —cuarenta años, alta y delgada—, quien lucía zapatos con tacos finos y minifalda con un pronunciado tajo en su lateral derecho. Luego de cerrar la puerta le dio un beso en la mejilla.

—Buen día Sr. Oscar, hoy tiene una jornada atareada.

Tras escuchar el listado de las reuniones programadas entró a su oficina, cerró la puerta y se sentó en el confortable sillón giratorio. Desde el amplio ventanal se podía contemplar la mayor parte de la fábrica, y más allá de ella el bosque —el mismo donde al liberar al genio Oscar logró cambiar su vida— que lo separaba de la ciudad. Mientras degustaba el café que le llevó la ordenanza, con las piernas apoyadas en el escritorio, pensó en que gracias a destapar la damajuana ya no pasarían necesidades en su casa. Tendría que encontrar la manera de explicarle lo sucedido a Paola, y planificar juntos un futuro diferente al que se habían resignado a tener. Entretenido en sus abstracciones de repente escuchó por el intercomunicador la voz de Mabel que anunciaba la presencia del equipo legal y contable con el informe del balance anual. Se puso nervioso. ¿Qué podría él decir sobre la marcha de la empresa?

Ingresaron. A continuación de los saludos comenzó la lectura del informe. Muy interesante: ganancias, beneficios, dividendos y mucho lucro; nada de pérdidas o algún tipo de déficit. El futuro de la empresa era alentador. Oscar se tranquilizó y hasta esbozó una breve sonrisa, la que rápido se esfumó: alguien pronunció la palabra adulterar, en ella residía la clave. Adulterar, en especial lo concerniente a los obreros. El jefe contable expresó:

—Como Ud. lo ordenó Sr. Olmedo, incrementamos la maximización de ganancias a costa de eliminar gastos ocasionados por las cargas laborales.

Explicó que implementarían el cobro, a precios sobrevaluados, de la vestimenta que se les entregaba —antes de manera gratuita— anualmente a los obreros: mameluco, guantes, botas y casco protector. Se les descontaría un nuevo seguro y no se pagaría el premio anual por buena asistencia; además, en algunos casos se liquidaría con errores el medio aguinaldo: en definitiva, nadie cobraría las horas extras que trabajó en diciembre, ya que los descuentos serían equivalentes al importe de estas horas y parte del aguinaldo —al escucharlo Oscar pensó que no podría construir el tapial; pronto se calmó: no lo necesitaría, ahora era millonario y tendría una mansión—.