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Cuento
Juan Luis Henares
El liberador
Juan Luis Henares nació en 1963 en Paraná, Argentina. Profesor en Ciencias Sociales. Sus cuentos han sido publicados en antologías, revistas y webs de Argentina, Cuba, México, Uruguay, Venezuela, Colombia, Guatemala, Chile, Perú, España, Alemania, Canadá y Estados Unidos. En 2018 fue publicado su primer libro: Lápiz clandestino. Actualmente prepara el segundo.
Web: https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/
FB: https://www.facebook.com/profile.php?id=100010167552389
El sol brillaba en el horizonte en ese amanecer de fines de diciembre, pero sus rayos —sumados a la alta humedad— calentaban como si fueran las horas del mediodía. El mameluco azul se pegaba en el cuerpo de Oscar, sus pasos eran dificultosos; recién se dirigía al trabajo, era preferible ni pensar en lo que le esperaría el resto del día. Para evitar el calor nada mejor que cortar camino por un sendero que, junto a un pequeño bosque de pinos, cruzaba en diagonal el campo adyacente a la fábrica. Pasto, ramas caídas, sombra y el sonido de los pájaros eran la compañía necesaria para tomar fuerzas y soportar la larga jornada. De pronto un rayo de luz se reflejó en sus ojos; no era producto de mirar directo al radiante astro, sino el destello de un objeto escondido entre la hierba. Sigiloso —en puntas de pie— descubrió una antigua damajuana verde, recubierta en dos tercios por mimbre, con asa y un gran corcho en el pico. Adentro algo se movía: una especie de neblina parecía darle vida a su contenido; apoyó sus rodillas en el pasto y la observo, sin tocarla, hasta que se animó a tomarla con sus manos; el vidrio estaba frío, ¿su contenido sería acaso algún gas? Tuvo ganas de destaparla, mas sintió temor; ¿y si el gas explotaba? ¿O sería tóxico? La dejó en el mismo lugar en que la encontró y siguió su marcha hacia la fábrica.
Metros adelante se detuvo: un pensamiento cruzó por su mente y le hizo regresar sobre sus pasos. Tomó la damajuana con una mano y con la otra comenzó a mover el corcho; se produjo efervescencia en su contenido. Pensó que sería dificultoso descorcharla, sin embargo ni bien lo intentó el tapón cedió, y si no fuera porque lo sostenía con su mano, hubiera salido disparado. Oscar cayó al suelo, con la damajuana abrazada a su cuerpo; no podía creer lo que observaba: el gas salió despedido y en forma de nube cubrió el sendero. Al disiparse apareció ante sus ojos una figura gigantesca: bastante más de dos metros de alto, piel negra, turbante en la cabeza, pequeña barba en la pera y un largo y fino bigote estilo Salvador Dalí; su torso desnudo, al igual que sus piernas, y un mawashi —cinturón utilizado por los luchadores japoneses de sumo— cubría su cintura. Sus pies se confundían con la niebla que salía del recipiente; parecía no necesitarlos, pues… ¡flotaba!
—Gracias por haberme liberado mi amo; en compensación le daré tres deseos. Mas como soy un buen genio, no los podrá pedir juntos: muchos lo hacen sin pensar y se arrepienten toda la vida. Pedirá uno durante tres días consecutivos. Y yo seré libre.
Luego de pronunciar estas palabras, el genio cruzó sus brazos sobre el pecho y en silencio miró a su liberador. Oscar estupefacto no podía emitir vocablo alguno: lo que sucedía no era un sueño, la damajuana vibraba en sus brazos, y temía que si la soltaba se podía terminar ese mágico momento. No obstante el genio seguía ahí, en espera de la orden para concederle su primer deseo. Miró el reloj y recordó que debía seguir su camino al trabajo; entonces se decidió en el momento: Paola, su mujer, tenía las extremidades del lado derecho casi inmovilizadas, ya que sufrió un ACV del que nunca pudo recuperarse.
—Deseo que mi mujer se recobre de las consecuencias del Accidente Cerebro Vascular que tuvo hace unos años —lo dijo fuerte, para que no queden dudas.
—Deseo concedido mi amo; lo espero mañana —respondió el genio; de inmediato su figura se mezcló con la niebla y retornó a la damajuana. Oscar colocó el corcho y la ocultó debajo de los arbustos: no fuera cosa que alguien la descubriese.
La jornada en la fábrica fue muy larga; se extendió incluso hasta entrada la noche: varios obreros —entre ellos Oscar— cumplieron horas extras, puesto que se acercaban las fiestas y era necesario tener dinero. Sumadas al aguinaldo, le permitirían al fin poder construir ese largo tapial que separase su patio del terreno de los vecinos; no es que éstos fueran mala gente, sino que un buen muro otorgaría la privacidad y tranquilidad necesarias para poder disfrutar al menos de estar sentados allí en las calurosas noches de verano que se aproximaban.