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Proseguirían con las exitosas medidas que habían puesto en práctica a principio del ejercicio anual: no realizar la totalidad de los aportes jubilatorios y de la obra social; tampoco abonar los seguros por accidente de trabajo, y pagar coimas al gremio y a sus delegados así no interceden en los conflictos con los obreros. También continuaban los contratos por pocos meses que evitaban el ascenso a planta permanente a los nuevos trabajadores; a los que tenían algunos años en la empresa los obligaban a renunciar para luego ser recontratados, y despedían a los obreros con mayor antigüedad. De esta manera, la empresa aumentaría el superávit anual.

Fin del informe.

Al retirase el equipo de asesores Oscar se hundió, angustiado, en su sillón. Sus compañeros, con los que durante años compartió el trabajo y parte de sus vidas, eran engañados. La ilusión de cobrar unos pesos extras —producto del sacrificio de un mes de faena fuera del horario normal— para poder paliar alguna de sus innumerables necesidades terminaría en una gran desilusión. El dueño de la fábrica, al que tanto admiraba y que con su esfuerzo cuidó sus intereses —pues siempre creyó que eran los intereses de todos— los estafaba. Y lo peor: ahora el patrón era él. Absorto en sus pensamientos, se sorprendió al escuchar a su secretaria cerrar la puerta; ella se acercó, lo acarició y arrodillándose en el piso bajó el cierre de su pantalón. Pero Oscar no estaba ahí; por su mente desfilaban Paola, el tapial, sus compañeros, la palabra del jefe contable, los recibos con los sueldos miserables, la damajuana oculta en el bosque y el genio que liberó.

—Estás tensionado querido, tendrías que salir al parque a despejarte. —Tras sus palabras, Mabel se incorporó y salió de la oficina.

Se sintió descompuesto; ingresó al pequeño baño privado del estudio con los segundos justos para acercar su cara al inodoro y vomitar. Se lavó y regresó; arrojó su saco y la corbata al sillón, salió presuroso —algo le comentó la secretaria, mas ni siquiera la escuchó— y se metió en el ascensor. Descendió en la planta baja, y sin contestar el saludo de los que se le cruzaron —sorprendidos al verlo retirarse a media mañana— fue directo a la salida. Caminó hasta el sendero que se internaba en el bosque; allí se entretuvo con los teros que planeaban entre los árboles. Escuchó sus gritos y observó sus piruetas; después tomó la decisión. Se levantó y continuó la caminata; le costó reconocer el lugar en el cual ocultó la damajuana: no era lo mismo identificarlo camino a la fábrica que al regreso de ella. Al fin, no sin esfuerzo, la encontró.

—El trato es tres deseos en tres días consecutivos mi amo —le dijo inexpresivo el genio. Oscar no aguantó más; con lágrimas que brotaban de sus ojos intentó explicar lo sucedido en esas pocas horas que estuvo en la fábrica. Primero pidió, luego reclamó y al fin exigió que se cumpliera en ese mismo momento —y no al día siguiente— su tercer deseo.

—Tercer y último deseo concedido mi amo, ya soy libre —expresó el genio entretanto observaba que, sin mediar palabra alguna, Oscar regresaba ofuscado rumbo a la fábrica por el mismo camino que había llegado.

El guardia de seguridad lo recibió con su acostumbrada cara de pocos amigos; al verlo lo increpó:

—¡Tarde Olmedo! ¿Estaba lindo para dormir?

Oscar ni lo miró y se internó en el galpón; notó que vestía el mameluco y la mochila colgaba de sus hombros. En el taller se percibía la tensión; alrededor del torno mecánico se hallaban reunidos una veintena de operarios.

—¡Despidieron a Villa y a Zapata! —gritó la flaca Mendieta al notar su presencia. Villa y Zapata, dos de los obreros con mayor antigüedad en la fábrica.

Oscar pidió silencio:

—Les voy a contar lo que me enteré de buena fuente. —Y comenzó con su relato.

Mauricio Noble de Hoz se estiró en su cómodo sillón presidencial; en la computadora sonaba New York, New York en la voz de Frank Sinatra; era medio día, sus pensamientos se debatían entre pedir que le trajeran el almuerzo a la oficina o festejar el informe con los datos del superávit de la empresa en un buen restaurant. Se decidió por esto último. De paso invitaría a su secretaria, que bien ganado se lo tenía por el esmero que ponía en sus tareas; terminado el postre podrían ir a un motel bastante discreto que se encontraba en las afueras de la ciudad. Entusiasmado se acercó al espejo, ajustó el nudo de la corbata, prendió los botones del saco, y se dirigió al despacho de Mabel.

Al abrir la puerta, se topó con una comitiva de obreros con sus sucios mamelucos azules; la esbelta rubia solo atinó a decir que habían tomado la fábrica. En el suelo, dos guardias de seguridad atados y amordazados: sus armas estaban en manos de los trabajadores. Oscar miró al empresario a los ojos, estiró su brazo y le entregó un petitorio con varias demandas —entre ellas el pedido de los libros contables, incluidos los comprobantes de los pagos de aportes jubilatorios, obra social y seguros— y la exigencia de la inmediata presencia de la prensa y del Ministro de Trabajo. Cinco obreros quedaron con la secretaria y los guardias, y tres entraron con Noble de Hoz a la oficina. Al mismo tiempo que el empresario llamaba urgente por el intercomunicador al equipo contable, los trabajadores se acomodaron en los sillones. Desde el teléfono celular de uno de ellos, Quilapayún y Que la tortilla se vuelva reemplazaba a Sinatra.

Mientras tanto el genio, con una sonrisa y damajuana en mano, flotaba por los bosques en busca de otros mortales a quienes liberar.