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Colaboración
Narrativa
Conforme me adentraba en senderos que eran como las raíces de un árbol antiguo -un laurel o un ficus gigantesco- sus palabras se iban convirtiendo poco a poco en una especie de zumbido, en un aleteo de abeja. La tierra olía a humedad, la quietud era una pesada losa. Ahí fue cuando la vi… entre unos rosales carmesí.
Me quedé fascinado, era un vestigio del pasado mítico, una maravilla, ¿un testimonio arcano? algo no posible. Una especie de dragón rama, pero muy diferente a todos los que había visto en dibujo o pintura. Era semejante a una cabeza humana, con un rostro bien definido, de rasgos amables, finos. No tenía cabello. Su piel era de un tono verde muy dulce, entre manzana perfumada y musgo fino. Sus hondas raíces se hundían en una tierra que había sido su hogar por decenas, tal vez cientos de años.
De repente, me miró directamente, estableció contacto, fue surrealista, extraño, hermoso. Que dos especies tan distintas una de otra pudiera interactuar así, era una prueba irrefutable de que el mundo era un lugar misterioso, siempre lo había sido y siempre lo sería, no importaba que los hombres se creyeran el centro de todo, y que la razón fuera supuestamente una luz que poco a poco alumbraría todo el orbe.
El anciano me dijo que el retoño original había nacido junto con muchos otros en el nefando valle de las tumbas de Tadmor-tal, y que la reina Zenobia de Palmira ordenó llevarlas a la ciudad para que los extranjeros se maravillasen cada vez que visitaran la “Perla del Desierto”. - ¡Debió haberla visto!- decía el anciano, mientras clavaba su mirada en un tiempo lejano y su memoria volvía a florecer. Su majestuosidad competía con la misma Roma. ¡Una ciudad de caravanas, una ciudad de encrucijada! El camino del desierto indómito terminaba al divisar su poderosa muralla, luego eras recibido por el arco triangular, una monumentalidad de mármol labrado, seguías por la vía principal, adornada con más de doscientas columnas de piedra amarilla, a la derecha, el imponente templo de Nebo -que nos trajo la escritura- a la izquierda, los baños termales del palacio de la reina, después, el teatro y el foro, ambos llenos siempre de una multitud de comerciantes, soldados, sacerdotes y viajeros.
Pero el corazón de la ciudad era otro, el Tetrapilón, con sus cuatro pabellones de columnas labradas en duro granito rosado, traído de los confines del Nilo y de la inaccesible Petra. Hacia el sur, el templo de Baal Shamin, guarida clandestina y negada del ominoso culto al dios terrible de los fenicios, Moloch. Al terminar la vía columnada, se encontraba la plaza oval y más allá -se quedó pensativo- más allá estaba el valle de las tumbas.
Negó rotundamente lo que describieron los cronistas latinos. El Tetrapilón no alojaba dioses semíticos y deidades babilónicas, en cada grupo de columnas estaba plantado un dragón rama. Después, antes de que Lucio Domicio Aureliano sometiera la ciudad, fueron escondidos en el desierto. Uno de ellos llegó aquí y ha permanecido invisible para el resto del mundo
- ¿Cómo pudieron burlar la guardia de Aureliano? -Pregunté. Si mal no recuerdo, en el 271 su general Probo cercó la ciudad.
-Probo-Dijo con una mueca de asco-. Lo recuerdo bien, el mismo que una de sus bestiales campañas contra Egipto incendió parte de la perdida biblioteca de Alejandría, perdiéndose para siempre muchos de los antiguos conocimientos. Un animal sin duda, igual que su emperador. Un rictus de dolor invadió su cara y gritó: - ¡todavía lo recuerdo como si lo estuviera escuchando ahora!, ¡mille, mille, mille occidit! Y se echó a llorar mientras se cubría el rostro con ambas manos.
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