YoesOtro 8 | Page 10

… sus mejores conversaciones no eran con los hombres,

se le solía ver sonreír y hasta llorar cuando debatía largamente

con sus espejos mágicos, y con las extrañas flores de su jardín.

Castoryadis Harnda: Tratado de las maravillas de oriente, Tomo IV

Pienso que el cruce que hice -tal como se me indicó- del río Barada, fue el causante de que surgiera otra vez en mí el ánimo para superar esa sensación azul, aletargada, que me acompañaba desde que Pedro murió, esa misma fuerza que me empujaba a la imperiosa idea de que la vida tiene que seguir. El agua tan clara, transparente… limpia. No sé por qué, pensé en Chopin, en su nocturna número dos, también recordé a Heráclito, y como el agua, yo no podía seguir siendo el mismo, tenía que cambiar, fluir. Panta Rei… panta rei.

Caminé largo tiempo por un sendero desolado… constatando que es de espinas el recuerdo, y que la memoria es una vereda llena de acompañantes imaginarios, embusteros. Entonces recordé que fue aquí, en este camino en donde Saúl perdió la vista, pero a cambio ganó algo más grande, algo más precioso.

Llegué a Bab Kisan, -por aquí huyó San Pablo- pensé. La gran puerta de madera estaba obstruida por una pared de mampostería grosera, una capilla se alzaba como una columna antigua, inexorable, atemporal. Doblé a la derecha y seguí por unas calles empedradas y polvosas. Habitantes desconfiados me seguían con la vista, sus miradas se me clavaban en el cuerpo, en la nuca. No dominaba el idioma, pero me hacía entender, así que di vueltas y me dirigí hacia la “puerta del este”, Bab Charqui.

Pensé en que los rostros eran muy bellos en este lugar, muy bellos. Tomé mi cuaderno y con un lápiz comencé a hacer bocetos de esos ojos negros como la noche, de esas narices afiladas, del cabello en espiral. Y sin embargo eran otros, me aterraban. Después caminé por angostos callejones dormidos, el sol era una rueda incandescente, el ruido de las calles y su silencio… el terrible silencio. Ahí fue en donde él me encontró, mi padre.

Entre espasmódicas y exageradas gesticulaciones me contó que en la embajada británica le habían permitido usar un viejo taller a manera de estudio. Luego me habló de sus óleos actuales, rostros, al igual que yo, hermosos, al igual que los míos. Mantuvimos nuestra charla a un nivel estético, no tenía fuerzas para discutir. Reflexionamos sobre que la realidad es a veces más que un camino, una especie de océano con miles de islas, como si la vida fuese un Nóstos particular, proveniente tal vez de un destino ineludible.

Me llevó a conocer un secreto. Me dijo que lo había estado atesorando por años, que necesitaba mostrármelo. A través de laberínticos pasajes tomamos una senda que terminaba en un pequeño zoco y ahí estaba ese vetusto edificio blanco en donde todavía se adivinaba que había sido amarillo, difícil precisar su edad. Era una antigua iglesia copta, solitaria como todas las iglesias que se precien de retener lo sagrado, lo demás, es vulgaridad consensuada. Saludó al sacerdote con la familiaridad de innumerables tardes de ajedrez y luego me presentó de manera sucinta. El anciano asintió al verme, pues mi visita no era fortuita.

Los seguí a un frondoso jardín interno. Entre los limoneros y los naranjos había bancas talladas en piedra. Decidí recorrerlo por una poderosa razón, siempre había sido un amante de la vida, y si no me había decidido por la biología, era sólo por el hecho de que siempre había sentido una profunda lástima por mis hermanos los hombres. De alguna manera me sentía responsable por parte del dolor que los laceraba, ¿a quién le había yo robado los huesos?, ¿a quién la vida?

La cabeza de Damasco

Ernesto Moreno

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