Mi padre lo protegió con ambos brazos mientras me dirigía una mirada críptica que yo no supe cómo interpretar. La misma que tenía cuando muchos años atrás, me abrí las venas para mostrarle a una mujer que tenía sangre en ellas.
Yo estaba aturdido, este anciano hablaba de acontecimientos que habían pasado hacía siglos, y se refería a ellos ¡como si él hubiera estado ahí!, ¿qué extraño mundo era este en el que me había introducido?, ¿cómo poder pensar objetivamente?
-Zenobia- Continuo el anciano, ya más calmado-. Tenía ciudadanos leales hasta la muerte. También tenía los legendarios camellos de los oasis, más veloces que caballos, fue así como el tesoro fue arrancado de las manos de esos destructores. La reina… no tuvo tanta suerte.
-Él es el guardián del secreto- Dijo mi padre. Una de las últimas maravillas de un mundo antiguo que se ha ocultado, o que ha desaparecido. La razón por la que te hice venir es porque necesito tu ayuda para sacarla de aquí, ya no es seguro que permanezca en este lugar.
-Hay un barrunto de tempestad en el horizonte- Dijo el anciano.
Esa misma noche sin previo aviso, mientras mi padre y yo mezclábamos óleos cerúleos en su taller, soldados británicos nos evacuaron en un avión de la Real Fuerza Aérea. La guerra siempre terrible llegó y se instaló en el corazón de los sirios, se incrustó como lo hace un parásito. Hace unos días, en Londres, me enteré por The Guardian (mientras escuchaba el Adagio en sol menor de Albinoni a medio atardecer) que el lugar en donde estaba la iglesia copta había sido arrasado por el fuego de los hambrientos morteros en la tarde de un día primero.
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