XXX - revista de literatura explícita Noviembre de 2014 - Año 1 - Número 1 | Page 8

6 El amanecer del hombre-oficina Andrés Barcia Escucho el ring-ring del despertador. La conciencia vuelve al mundo de los vivos. ¿De los vivos? Mi cuerpo se encuentra varado entre las sábanas. Un pie está debajo de una sábana y el otro está arriba o quizás debajo de algún acolchado porque no hay contacto entre ellos. Se ve que durante la noche di tantas vueltas que las sábanas formaron unos torniquetes misteriosos que me tiran cada una de las piernas hacia los vértices de la cama. Siento el cuerpo pesado. Mis huesos son de plomo, mis órganos de hierro fundido. Hay una corrosión generalizada en todas las articulaciones que hace que prácticamente me encuentre inmovilizado. El peso del cuerpo metálico hunde el colchón y dificulta más la situación. Salgo por el lado derecho, porque ahí siempre dejo el destornillador. A veces lo guardo en el cajoncito, pero cuando estoy verdaderamente cansado lo dejo directamente arriba de la mesa de luz para que el procedimiento sea más sencillo. Siempre sucede que hay una extremidad que se desprende (no siempre es la misma) y no puedo ir a trabajar con un miembro amputado. No quedaría bien y la gente empezaría a cuchichear a mis espaldas y no puedo permitir eso. El problema es que hasta que no requiero la utilización de la extremidad, no me doy cuenta de su falta. Debe ser algo neurológico. Por ejemplo: aunque me haya dejado un pie, siento que ese pie está ahí; como si la prolongación continuara a partir de cierto punto en forma invisible. Tengo que hacer un esfuerzo desgarrador para liberar las extremidades. Dependiendo de cómo gire, o aumenta la presión del tirabuzón o las sábanas comienzan a aflojarse y entonces puedo mover las piernas con más libertad. Generalmente, el último movimiento es el adecuado. Me desplazo sin girar hasta el borde de la mesita de luz y apoyo los pies sobre el piso. Primero el izquierdo, después el derecho. Al principio a mis piernas anárquicas les cuesta responder, pero no pueden con mi fuerza de voluntad. Las obligo hasta que obedecen. Apoyo un brazo sobre la mesita de luz para balancear el cuerpo hacia adelante hasta lograr una postura de noventa grados. Enciendo el velador que emite una luz levemente rojiza. Veo que me falta el brazo izquierdo. Debo colocar el brazo en su sitio –me digo a mí mismo-. Pienso dónde lo dejé. Es que a veces me lo olvido en el baño. Por las dudas, reviso primero entre las sábanas y las colchas revueltas. Empiezo a palpar hasta que encuentro algo duro. Ahí está. Meto la mano derecha entre un pliegue y el otro. La mano comienza a avan