XXX - revista de literatura explícita Noviembre de 2014 - Año 1 - Número 1 | Page 7
Mitológicas
Adriana Romano
I
Caracola en mano
dos hércules se saludan en la playa
algas en las orejas
y sobre el cuerpo gimnasta
un impecable traje de corte inglés
Las corbatas son ventanas
desde donde puede verse
cómo les late el corazón de acrílico
recién injertado
(las venas perfectos cañitos de circulación rápida)
Se miden largo rato
con los ojos
con el aliento
(y también con las tarjetas de crédito)
Uno de los dos
saca de su maletín de cuero
una moto de cilindrada supersónica
El otro
de su billetera
desdobla un land rover
para labrar la arena
Cae el sol
llega la noche
cada uno guarda sus objetos
y se van
sin mirar el mar
III
Amor Encontré a un mendigo tirado en la vereda, sin manta, de bruces contra el suelo.
Sucio, muy sucio, desarrapado, un eumeo viejo. Pude verle el pelo blanco oscurecido
por la mugre. Yo iba al mercado a comprar limones para el pollo de la cena y cuando
volvía el hombre se había sentado y rezaba una letanía: “Señor, señora, ¿me puede
cruzar?”. Seguí de largo con el corazón apretado por el asco; avergonzada y latiendo
de amor retrocedí y lo ayudé a levantarse. Me inundó el olor asqueroso del hombre.
¿Hasta dónde puedo llegar amando? Y ahora este hombre que se tira sobre mí para
que lo cruce y yo deseosa de un baño de agua limpia y de quemar mis ropas. Escaso
amor cuando creí que tenía tanto. Dame dios, dije, la silente bondad del cordero, paz
a los hombres que tanto he repetido. Y lo incorporo y le hago dar un paso, dos, tres y
detengo con la mano libre los autos que se nos vienen como un río de luces ajenas a
este dolor que se apoya en mí y llegamos a la otra vereda y el mendigo se cae sobre
las baldosas y llora y no sé qué hacer conmigo y con él y pido ayuda y nadie nos ve y
los dos bajamos a un mundo invisible en el que la indiferencia de los otros es el espejo
que me refleja.
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