XXX - revista de literatura explícita Noviembre de 2014 - Año 1 - Número 1 | Page 9
Halloween
Antonio Castaño
Arrastrado por una vieja camioneta Ford 350, los
primeros sábados de cada mes, llegaba el mercader
con su carromato. Lo conocían como El andaluz. En
Coronel Ballesteros casi nunca pasaba nada. La mayoría de la gente vivía en las afueras, en sus campos, y el pueblo más cercano estaba a unos cien kilómetros. Su llegada era un acontecimiento.
Pedro acostumbraba ir al pueblo en su destartalado
camión, a tomar cerveza y ver qué novedades traía
El andaluz. Ya sabía que los remedios y las lociones
que ofrecía eran inútiles y las armas, cuchillos y
dispositivos extraños: inservibles o de pésima calidad. Pero verlo intentando convencer
a la gente, era lo más parecido a un espectáculo que se podía conseguir por aquel lugar.
Ese día, El andaluz había llevado algo distinto. Explicó que en la gran ciudad festejaban
una noche a la que llamaban Halloween. Era una celebración con disfraces y caramelos y
bailes. La gente ahuecaba zapallos y hacía cabezas con ojos, bocas amenazantes y sonrisa maligna y les ponía adentro una vela para dar miedo y ahuyentar a las brujas. Les
estaba ofreciendo semillas muy especiales, justamente de esos zapallos enormes, de
cáscara dura e incomible, pero perfectos para Halloween. Y, lo mejor, era que crecían a
gran velocidad.
Los murmullos de la gente coincidían en que era un negocio atractivo; podrían venderlos
en la ciudad y hacer dinero, pero no se imaginaban cómo harían para transportarlos.
Pedro vio la oportunidad: era el único que tenía un camión para llevar la cosecha. Compró
una bolsa de 30 kilos.
Fue tarde cuando entendió lo que estaba pasando. Pocos días después de la siembra, ya
casi al amanecer, un extraño sonido lo despertó. Los zapallos, con sus enormes bocas, se
comían los árboles, los animales de la granja, el establo y la casa. No sólo eso, los zapallos empezaron a comerse entre sí. Hasta que no quedó nada. Pedro vio que un zapallo
enorme había quedado atrapado en el tanque de agua, y lo encadenó.
Sabía que, camino al pueblo, El andaluz volvería a pasar por la puerta de la granja. Cruzó
su camión en medio del camino y esperó.
—¡Hola, Pedro!
—Hola, Andaluz. Y sin más palabras, gritó: ¡Zappy, ataque!
De un bocado el zapallo se comió al Andaluz. De otro bocado, su camioneta y el carromato. Y después, eructó.
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