XXX - revista de literatura explícita Noviembre de 2014 - Año 1 - Número 1 | Page 5
Cuestión de orgullo
Alfredo Longobardi
El coso lo vio venir. El culo hacía vibrar el aire mientras avanzaba. Se sacudía con
suavidad voluptuosa, hacia un lado y hacia otro en contorsiones armónicas. El lugar
estaba en silencio pero el coso pudo imaginar la melodía que mejor le vino: una bossa
nova, un rock pesado o una polifonía corsa, cualquiera de las tres encajaba a la
perfección con ese movimiento.
El coso se sintió turbado por un dejo de envidia y un mucho de deseo. Le molestaban
las pautas del reparto, le molestaba ser un coso y que ese culo lo hubiera
desestabilizado íntimamente sin razón ni prevención alguna. La existencia no era justa.
Y, como él no creía en la reencarnación, no se imaginaba siendo culo en otra vida ni
culo ni albaricoque.
El gemido de dos pitutos lo hizo salir de sus cavilaciones. Eran dos pitutitos pequeños y
queribles, emitiendo el gemido típico de cuando salen de la cama. Estaban mirándolo
desde vaya a saber cuándo y él ni los había visto llegar. Siempre se sintió cercano a los
pitutos, eran afines a su naturaleza, pero en ese momento particular le molestaron, no
quería tener testigos de su turbación así que cambio su color, se puso negro y, con
una expresión feroz, los mandó de paseo.
Un coso no tiene, por lo general, valores estéticos. Imposible distinguir uno de otro.
Casi un enigma ontológico. Él lo sabía y se entristeció por un segundo. ¿Para qué sirve
un coso?, se preguntó. No tiene forma definida, pero es aplicable a cualquier
naturaleza. Y siguió: Un coso es un comodín del universo, mucho más que un pituto
que siempre es chico y mecánico. Y, mientras pensaba de esa forma, recuperó su
presencia de ánimo, se irguió lleno de orgullo y brilló.
Así estaba cuando el culo pasó de regreso y esta vez no fue indiferente al coso ahora
brillante. Se detuvo y lo encaró con decisión. Lo fue arrinconando de a poco hasta no
dejarle escapatoria y, cuando así lo tenía, lo montó y se quedó para siempre. El coso
poco pudo hacer, quedó envuelto, casi inmóvil, y muy contento. Era consciente de que
en la circunstancia en la que estaba hasta podía morir. No le importó, había vuelto a
creer y estaba seguro que no reencarnaría en albaricoque.
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