XXX - revista de literatura explícita Noviembre de 2014 - Año 1 - Número 1 | Page 4
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Krakatoa
Uriel Lisnovsky
Siempre me llamó la atención la facilidad que tiene cierta gente para acordarse de las cosas que a mi entender son innecesarias. Hay gente que tiene este tipo de memoria. Algunos recuerdan los campeones del fútbol
argentino. Otros pueden reproducir fragmentos enteros del Martín Fierro; yo nunca tuve esa facilidad.
Mi viejo, sí. Él se acordaba de los volcanes. Toda mi vida crecí escuchando sus historias. Siempre me pareció
información innecesaria. Pero así era él. ¿Para qué lo sabia si no trabaja en un centro geográfico? No lo sé. Lo
hacía como si le tomaran examen en alguno de esos programas de preguntas y respuestas que dan por la
tele. No solo sabía eso sino que también relataba toda la historia de cada uno.
Tampoco entiendo hasta el día de hoy qué le veía a los volcanes. Para mí siempre fueron montañas con la
única diferencia que de un momento para otro pueden entrar en erupción sin previo aviso, aniquilando todo a
su alrededor. Tenía un gran conocimiento del tema.
Desde chiquito hubo una historia que siempre me contaba. Era la del Krakatoa. Que queda en Oceanía. En el
año 1883 entró en erupción sin avisarle a nadie. Fue tan grande la explosión que lo sintió medio planeta.
De los volcanes siempre me dio curiosidad algo. Pueden estar dormidos mucho tiempo. Diez, cincuenta años.
Un siglo entero. Sin ninguna actividad. Y de repente se despiertan y arrasan todo a su paso. Litros y litros de
lava que salen de forma constante con una velocidad impresionante. Sin tener fin.
En esto iba pensando en el colectivo rumbo a la casa de mi novia Valeria. Como el trayecto es largo me distraigo con muchas cosas. Aunque cuando voy a su casa, la mayoría de mis pensamientos van dirigidos a ella.
Hace más de dos meses que estamos saliendo.
Valeria me venia prometiendo este día. Le gusta ir de a poco. Yo la respeto. Me lo tomo con tranquilidad. Ella
sabe que soy virgen. Quiere que sea una noche muy especial. Me dijo que la primera vez uno nunca se la olvida. Entiendo las palabras pero no el significado. No recuerdo mi primer día de clases ni mi primer cumpleaños.
Pero le creo.
Así que ni bien puse un pie en su casa, me trató como a un rey. Me preparó la comida que le había pedido. Una
vez que terminamos de cenar entramos a su cuarto, apagó las luces de toda la casa y prendió velas alrededor
de la cama.
No quiero extenderme en la belleza de verla a Valeria desnuda porque necesitaría un tomo entero del Espasa
Calpe. Estábamos en medio de la función cuando de repente comencé a sentir algo que venia de mi interior a
toda velocidad y con mucha fuerza. No lo podía detener, tampoco sabía qué era. De golpe sentí un fuego que
me abrazaba y que fue despedido de mi cuerpo con una fuerza inigualable. Duró entre diez y quince segundos.
A ella la hice temblar y de la sacudida casi r