64 } VIDAMÉDICA / Perspectivas
Veremos a continuación la petición de un paciente a un médico. El ambiente es aquí algo distinto. De partida, no existe la urgencia; se trata de una petición que aparece poco a poco. Podemos imaginar que se va haciendo patente en un paciente a medida que va tomando conciencia de su estado, su pronóstico, su capacidad de soportar la carga de su enfermedad y su red de apoyo con las posibilidades de mitigación. En algún momento realiza la petición, conversada o no con sus familiares más cercanos. Es posible suponer que no está con un dolor físico intratable, pero sí ha perdido toda esperanza de recuperar un estado que considera suficiente para querer seguir viviendo.
SUFRIENTE Y ENTORNO Es muy importante destacar el rol que tiene el entorno del sujeto que solicita su muerte. Todos sabemos que los discapacitados, lesionados graves, enfermos mentales e incluso menores de edad son dependientes del cuidado de otros. Son los familiares directos los que asumen esa responsabilidad. Los padres cuidan a sus hijos, los hijos a sus padres ancianos. Ese cuidado no se dirige solo a los cuidados normales que se ejercen cotidianamente; es frecuente que circunstancias inhabituales se presenten y, a veces, provocan en los que ejercen esos cuidados habituales una exigencia mayor. Un hijo con una enfermedad crónica, un padre con deterioro mental o la pareja que sufre un accidente. Esa inhabitualidad de lo aparecido tensionará a los cuidadores de manera diversa. Es posible que se asuman los mayores cuidados con buena disposición y cariño, y se hagan los ajustes necesarios sin ser considerados como sacrificios. Sin embargo, podemos entender que esa buena disposición tiene un límite, límite que dependerá de los recursos, del apoyo a los cuidadores y de las características personales de ellos. Todos hemos conocido ejemplos de niños con enfermedades o incapacidades crónicas que sobreviven solo por el esfuerzo de uno o ambos padres y que lo logran sin considerar el esfuerzo como una carga o sacrificio. Para otros, esa responsabilidad se puede convertir en un gran esfuerzo, que agota y acaba con las reservas de fuerza y ánimo que se requieren para ese cuidado, especialmente si no existe el apoyo de otros. Muchas veces ni siquiera existe ese otro apoyo o no existen los recursos suficientes para lograr un adecuado cuidado, y ese cuidado se debe traspasar al resto de la comunidad. Son entonces otras instituciones, y por último el Estado— que nos representa a todos— los que deben intervenir con programas y recursos para lograrlo. No podemos olvidar lo que le sucede a la persona necesitada de esos cuidados, evidentemente a los que tienen conciencia de su estado. Además de los sufrimientos propios de la condición que causa su discapacidad o enfermedad, se agrega la preocupación por el desgaste, cansancio y desvelos de su o sus cuidadores, y junto con ello la merma económica que los cuidados ameritan. Solamente el cariño y la buena disposición que ellos le demuestran pueden atenuar esa angustia. Nadie quiere convertirse en una carga para sus seres queridos. Si existe alguna manera eficaz de paliar los sufrimientos de un paciente en esas condiciones extremas, sin duda es el cariño sincero de sus cuidadores. Si el paciente no lo siente así, probablemente buscará otro medio disponible para evitarles esa carga.
EUTANASIA Y ACTO MÉDICO La sociedad entonces nuevamente recurre a la participación de los médicos. El paciente, de alguna manera, solicita a su médico tratante que termine con su vida o solicita que se busque a otro que está dispuesto y se ha“ especializado” en hacerlo. Parece esto necesario, ya que, en caso contrario, no se entendería la razón por la cual no pueda ser el mismo paciente o un familiar quien lo haga. De hecho, el proyecto de ley en discusión en nuestro país establece que los medios utilizados deben estar“ reconocidos por la ciencia médica como idóneos para causar la muerte de manera rápida e indolora”. ¿ Cómo debemos los médicos saber eso? ¿ Existen manuales para ello? ¿ Deberemos realizar investigaciones? Sabemos que existen varias mezclas de fármacos utilizados en inyecciones letales en lugares donde se permite la pena de muerte y preparados orales en lugares donde se permite el suicidio asistido. El solo hecho de que no se utilice una sola droga indica que ninguna de ellas puede satisfacer los requisitos exigidos en las leyes o proyectos de leyes sobre eutanasia. No he encontrado trabajos científicos serios que se refieran a este tema. Sin embargo, existen publicaciones de divulgación que analizan los resultados de cada formulación. El más conocido es el libro The Final Exit de un periodista norteamericano, Derek Humpry, donde analiza las distintas preparaciones con sus pros y contras, dejando en claro la necesidad de utilizar antieméticos, de evitar que la sedación provoque sueño antes de la ingesta completa del combinado. Lo mismo es señalado en el Manual de buenas prácticas en eutanasia editado por el Ministerio de Sanidad de España. En ellos también se señala el tiempo máximo para conseguir la muerte, que puede ser más de dos horas. La profesión médica está formulada, diseñada para curar y aliviar, y los médicos estamos entrenados para evaluar, en cada intervención que proponemos, los efectos deletéreos y dañinos que ellas poseen; investigamos esos efectos y la manera de mitigarlos. El efecto más temido para nosotros es que nuestra intervención provoque la muerte. Ahora tendríamos que actuar en contra de todo lo que hemos aprendido y asimilado como disposición o hábito profundamente arraigado. Tendríamos que adquirir junto a esa disposición otra contraria: tratar de causar la muerte y evitar que esta se atrase por efectos que mantengan la salud y vida del paciente. Parece lo mismo que si a un piloto se le exigiera que aprenda y se entrene para estrellar su avión de la manera perfecta. ¿ Será posible que una persona adquiera en su vida profesional dos hábitos tan contrarios y contrapuestos? ¿ No será mucha exigencia para una profesión? De hecho, el mismo Humpry, en su manual para suicidio por enfermedad incurable, señala:“ Inyectar a un paciente una droga letal no es popular en la mayoría de los médicos; huele demasiado a matar, lo que es contrario a todo lo que les fue enseñado en medicina”. Además, a los médicos en general se nos juzga por los medios que utilizamos y no por los resultados. Es posible entonces que, si no logramos nuestro objetivo, pero seguimos la Lex artis, no nos condenen por negligencia. Conociendo las dificultades