VIDAMÉDICA / Perspectivas { 63
INTRODUCCIÓN La pregunta que subyace en la discusión que nos ocupa en el último tiempo es si es lícito que un médico, ante la petición de un paciente, pueda causarle directamente la muerte o, por último, si es excusable que lo haga. Me parece que, antes de examinar el caso particular de los médicos y pacientes, debemos examinar ese fenómeno a nivel más general. Es cierto que la humanidad ha avanzado en el respeto de la vida de los que pertenecemos a esa comunidad y, más aún, lo consideramos deseable. Recordemos el gran esfuerzo y logro de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que pretende garantizar el respeto a los derechos más básicos de todos los pertenecientes a nuestra especie. Es fácil reconocer que en épocas pasadas era más fácil no solo provocar la muerte de un semejante, sino que también justificarla. Recordemos la pena de muerte y su derogación, la disposición casi absoluta de la vida de los esclavos por parte de sus dueños, desaparecida con la abolición de la esclavitud, y la disposición arbitraria de la vida de los prisioneros de guerra, ahora de alguna manera controlada por convenios internacionales. Este avance progresivo es muy auspicioso y se pudiera ser optimista respecto de algunos resabios que quedan, como es el respeto de la vida de los que están por nacer. Aparece, sin embargo, una figura particularísima que nos produce perplejidad, que estrictamente no es nueva, pero se ha hecho muy relevante por involucrar ahora a la profesión médica. Es el caso de la petición de un sujeto a que se le quite la vida, petición que, por supuesto, no es en condiciones normales, ya que sería rápidamente rechazada. Son peticiones en situaciones muy especiales que nos remecen, ya que, de aceptarlas, vulnerarían no solo principios morales que surgen desde los albores de la historia de la humanidad, sino que también conductas cada vez más protectoras de los derechos fundamentales de los individuos humanos. El“ no matar”, como principio, se ha considerado como prohibición absoluta; es decir, no se puede quitar la vida a nadie, independientemente de toda intención o circunstancia( Aristóteles. Ética a Nicómaco, II 6). Todo el esfuerzo de la humanidad, incluyendo posiciones políticas, filosóficas y religiosas, ha sido en la línea justamente de disminuir aquellas particulares intenciones o circunstancias que en algunas épocas se consideraban justificadoras para vulnerar ese principio absoluto, quedando en la actualidad una cantidad menor de esas justificaciones. Recordemos que antes se justificaba el matar como venganza( ley del Talión), la pena de muerte como una cierta protección social, la muerte en la guerra como defensa propia, y la misma defensa propia se confundía como el derecho a matar al agresor y no como el derecho a defenderse proporcionadamente. El matar por petición de un sujeto a otro no se acepta, ya que, a pesar de existir la petición de un individuo competente y autónomo, vulneraría el principio universalmente aceptado de“ no matar”. Sin embargo, aparecen en ocasiones ciertas intenciones y ciertas circunstancias que habría que analizar si justificarían violar ese principio universal absoluto.
MUERTE A PETICIÓN Y MEDICINA Una de aquellas situaciones que se dan frecuentemente en escenarios de guerra es la de los gravemente heridos o mutilados que solicitan a un compañero que termine con su vida, o ante la posibilidad cierta de caer en manos de un enemigo despiadado solicita lo mismo. Otro escenario son los desastres naturales, incendios, terremotos, en los cuales un herido o quemado grave solicita lo mismo. Otra situación, y es la que nos preocupa ahora, es el caso de pacientes graves con grandes sufrimientos que solicitan a alguien que los mate. Si analizamos todas esas situaciones, podemos reconocer algunos elementos comunes: en todas ellas existe una petición, existe una intención de ayudar y, en todas ellas, esa intención de ayudar es motivada por un sentimiento de compasión. Veamos ahora esas acciones desde la perspectiva del que las realiza o realizaría. En las primeras es posible imaginar el estado de angustia y desesperación; el receptor de la solicitud está en un ambiente de desastre, también él en peligro, tiene que decidir rápidamente y no visualiza otra solución que saque a su compañero de su sufrimiento. En esas circunstancias, el aceptar la petición logra calmar la situación.
Sin embargo, es fácil imaginar el estado moral y psicológico del ejecutante una vez fuera del escenario. Nadie podría pensar que esté satisfecho de su acción; puede decir que no tuvo otra alternativa, y pudiera ser eso cierto, pero es indudable que sabe que, si hubiese tenido alguna otra posibilidad de ayuda, la hubiera seguido. De hecho, si antes de realizarla alguien acude con ayuda, sería probablemente un alivio para todos. Sería entonces inevitable la sensación de fracaso en ese juicio posterior:“¡ No tuve otra alternativa que matarlo!”.
Pero ¿ por qué esa sensación de fracaso? Pareciera que esa sensación aparece por la sospecha de que realmente no lo ayudó, sino que solo le quitó la vida. La sospecha nunca se lograría dilucidar, ya que el individuo ya no existe, y determinar si está en un estado mejor o peor no tiene sentido, ya que simplemente no existe más. Al morir no se está mejor ni peor, no se está aliviado, reconfortado o sufriente, sino que simplemente no se está. Veamos, o mejor, imaginemos la perspectiva del solicitante: estaría herido o mutilado, sin duda con intenso dolor, asustado y angustiado. Solicita ayuda y, finalmente, al no llegar o ser insuficiente para aliviarlo, y al no ser capaz de visualizar una salida para él aceptable, prefiere y solicita que lo maten. Al morir desaparece de la existencia y todo acaba para él, incluso su capacidad para sufrir y para ser aliviado. ¿ Fue una buena decisión? Lo único que podríamos decir es que la comprendemos, pero que, con bastante probabilidad, si hubiese llegado ayuda y alivio para sus sufrimientos, no hubiera pedido su muerte. ¿ Qué podríamos decir aquí de la autonomía de ambos? Me parece que muy poco. Son circunstancias límites, intenciones confusas, ambos en un estado mental tan anormal que difícilmente podríamos condenar sus decisiones y su actuar. Ambos entonces tendrían una autonomía muy limitada.