Esperé su llamada toda la semana y un día antes de la reunión del grupo, recibí un mensaje. Éste decía: “Hola Isabella. Perdón por no llamarte antes, estaba muy ocupado. Me preguntaba si querías ir a cenar a las siete, mañana después del grupo.” Me sorprendió y emocionó su mensaje, pensé que ya no me buscaría. Aunque no quería que notara mi emoción, por lo que contesté: “Sí, gracias.”
Al día siguiente, como cada semana, pasó por mí Ana, mi tía, a las 4 para llevarme al grupo. Me puse un vestido que me compró mi papá antes de recaer, nunca lo había usado. Era azúl marino de tirantes. Llegué al grupo y Laura se sorprendió por mi atuendo, me preguntó si tenía una cita importante. No sabía si decirle, porque sabía que no me dejaría en paz. Las tres horas que duró la reunión, me sentí ansiosa y nerviosa por mi encuentro con el joven que acababa de conocer. En un momento pensé que le debí haber dicho que no. Exactamente a las siete, Santiago terminó la reunión con el grupo y todo mundo se fue. Sólo nos quedamos él y yo en el lugar.