Un mundo mejor es posible | Page 10

MAÑANA SONREIRAS

POR LOS RECUERDOS

Tengo un vago recuerdo de mi padre. Yo era una niña cuando falleció. Pero entonces no supe lo que significaba realmente aquello. Debía tener unos 4 ó 5 años, no sé, no recuerdo bien. Pasaron algunos años más hasta que me atreví a preguntar a mi querida madre la causa de la muerte de mi padre, aquel hombre que me había dado la vida a mí y a mi pequeño hermano. Yo ya había cumplido 15 años. Mi madre se sentó a mi lado y comenzó la explicación. Yo no entendía muy bien lo que me quería decir, puesto que era una muchacha todavía bastante joven para comprender ciertas cosas.

Me dijo que mi padre había tenido problemas con las drogas. Yo no me creía lo que mis oídos escuchaban. Mi padre era un toxicómano; y claro, a causa de haber llevado esa clase de vida, le habían quedado alguna que otra secuela, hasta que un día ya le falló definitivamente el corazón.

A partir de entonces no sé qué me pasó que empecé a comportarme como nunca antes lo había hecho antes en mi vida. Empecé a fumar hierba; a irme con gente que no era muy buena influencia para mí; dejé los estudios y me convertí en una bala perdida durante un largo tiempo, hasta que un día, llevando una moto todo fumada, fui a chocar contra el escaparate de un centro comercial. Yo no sabía cómo podía a ver llegado a esta situación. Y la situación es que fui a dar con mis huesos a la comisaría. Además, en la comisaría me informaron que tenía una denuncia por agresión junto con otras dos supuestas amigas, que en realidad no lo eran, y yo ni sabía ni dónde ni cuándo.

Pasé esa noche en el calabozo. A pesar de los destrozos en el centro comercial y el trastazo con la moto, sólo tenía algunos rasguños… y todo el cuerpo dolorido. Afortunadamente nadie resultó herido. No tuve valor de pegar ojo en toda la noche. No paraba de venirme a la cabeza la imagen de mi madre cuando llegó a la comisaría. Aquella mujer lloraba como si de mi muerte se tratara, y repetía una y otra vez qué había hecho mal para que su hija acabara como una delincuente. Para consolarla,

le decía que ella no tenía la culpa de mi mala cabeza. Pero no sirvió de nada, todo mi esfuerzo era en vano. Unos meses después de aquello, conocí a quien iba a ser mi primer amor, con el que experimente lo que era el verdadero amor. Fue el primer y el único hombre que me haría mujer. Ninguno de los dos sabíamos que acabaría internada en un centro de menores.

A resultas de mis andanzas, que ya os he contado, el juez me impuso una media de libertad vigilada. Entonces pensé que había tenido suerte después de todo. Pero conocí a mi chico, y el amor que sentía por él era mayor que la obligación de presentarme al juez todas las semanas. Pero como su señoría no pensaba lo mismo, quizás pensó que única forma de rehabilitarme sería internándome en un centro de menores. Yo sólo pensaba en mi amor y que estaríamos algunos meses separados, pero luego tendríamos toda la vida para estar uno al lado del otro y cumplir cado uno de nuestros sueños.

Los días en el centro pasaban y nuestro amor no se apagaba. Nos comunicamos a través de cartas. Me recordaba a las historias que me contaba mi abuelo de cómo conoció a mi abuela, ya que ambos se carteaban cuando él estuvo haciendo el servicio militar. Éramos como las parejas de antaño: todo era mediante cartas y fotos que me enviaba.