Volando con la imaginación
El pueblo más feliz
Samantha Acosta Ruiz. 6A
Había un pueblo muy lindo y amplio, lleno de conejitos y muchos animales más. En este pueblito los conejos eran muy malos y machistas; siempre, les pegaban a las conejitas y las mandaban a hacer todos los deberes, así fueran mayores o menores.
En este mismo pueblo, vivía una familia de conejitos, los cuales estaban conformados por dos conejos y una conejita, ellos eran hermanos. El problema, era que los hermanos la maltrataban mucho, le pegaban y le decían cosas feas, sus nombres eran Francisco y Andrés; en cambio, la hermana era muy buena, les daba comida, los consentía y los quería mucho, ella se llamaba Camila.
Camila se sentía muy triste porque a todas las conejitas las trataban muy mal, así que Camila ideó un plan con todas las conejitas del pueblo.
Ellas se reunieron a planear, a las 8 p. m. mientras todos los conejitos dormían, pues, ya estaban cansadas de ese maltrato y a la noche siguiente, escaparon a
un pueblo cercano para comenzar una nueva vida.
Luego de esto, las conejitas estaban muy felices porque ya eran libres y los conejitos lloraban día y noche porque les hacían mucha falta las conejitas; por lo que, hablaron con Camila, para que las demás conejitas volvieran y prometieron que las tratarían bien y con igualdad.
Y ellas volvieron al pueblo y las empezaron a tratar mucho mejor, entre todos, se perdonaron y se volvió el pueblo más feliz del mundo animal.
El trampolín
Nicolás Hernández Vargas, 10A
El trampolín no lo había visto desde que papá murió. Aún rechinaba igual que antes, sin más óxido, como si me lo hubieran escondido ayer. Debí haber abierto alguna puerta y entrado a un parqueadero; solo veía mi infancia regada en el piso. Podía ser una fiesta. Podía ser cualquier casa. El tiempo se desfiguraba; el parqueadero se volvió patio alrededor del trampolín.
Me atrapó un trance súbito: cada pieza se acomodaba sin resistencia, como si mi padre obrara y no yo. Las patas, el trampolín, la malla, las escaleras: todo lo organizó él, esperando a que volviera a jugar al cangurito.
El pez solitario
Nayla Zamira Quizena Ruiz. 6A
Una mañana lluviosa nació un pez llamado May, pero no era como los demás, este pez, tenía una antena y también franjas naranjas y negras; por esta razón, siempre la molestaban.
Un mañana, May se despertó muy feliz puesto que era el día de su cumpleaños, pero al saludar a sus padres con las aletas abiertas esperando un gran abrazo, se dio cuenta de que ninguno se acordó del mismo.
Desde ese día, May ya no fue la misma niña feliz y curiosa, además, los agresores eran más fuertes cada día; hasta que se cansó, y les pregunto:
¿ Por qué, de todos los peces en el mar, a ella la molestaban? ¿ Por qué, a ella?
A lo cual, ellos respondieron que era porque ella era diferente, en ese momento, a May se le humedecieron los ojos y luego rompió a llorar, diciendo:
Acaso ¿ no puedo ser diferente?
Sus agresores al verla, pensaron un momento y uno de ellos dijo:
Lo siento
No habían pensado en el daño que le causaban, y le pidieron que los perdonara y prometieron que no lo volverían a hacer. Luego de esto, May se alegró un poco y cuando llego a casa le conto todo a sus padres, quienes, al verla feliz también se llenaron de alegría, viviendo una feliz vida de peces para siempre.
Subí con pasos desequilibrados hasta que se me quedó un zapato de cuero( ya no los reconocía) atascado en un agujero minúsculo de la escalerilla metálica. La emoción me distrajo. Me quité los zapatos, casi llorando, y los dejé lejos para seguir. Tuve frente a mí el cierre de velcro; lo abrí torpemente, como cuando era chico, y pasé.
Volví con papá. Me reencontré con él en el mundo de los juegos, donde hablan los muertos. Cada salto tenía su respuesta. Me preguntó por las canicas.
Me elevaba; el universo me juntaba con mi padre y yo ascendía otra vez. El salto hacía de puente.
Estaba agotadísimo. Mis piernas se tornaban moradas. El trampolín ya no quería responder y por eso me reprochaba tanto. Cometí un error: quise despedirme. Abracé la malla con todo el cuerpo. Miré el centro. Inhalé, tomé impulso y … Mi papá no me dijo nada más.
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