UN CAPITAN DE 15 AÑOS Un capitán de15 años | Página 41
Un Capitán de Quince Años
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mas por fortuna, después de algunas variaciones, ya fuesen del Norte o del Sur,
se estabilizó de un modo definitivo, soplando del Oeste.
Hacía ya más de dos meses que la goleta había partido de Nueva Zelanda. En el
5 de abril, y según los cálculos del grumete, y teniendo en cuenta la velocidad de
navegación, la costa tenía que haberse hecho ya visible. ¿Cómo no estaba a la
vista? Dick no se explicaba aquella circunstancia. Parecía que el litoral huyese
ante el barco.
En más de una ocasión, algunas nubes que presentaban extrañas formas, habían
engañado a los viajeros con falsos indicios de tierra. Pero ésta, en realidad,
parecía cada vez más difícil de alcanzar.
Por fin, el día 6 de abril, a las ocho de la mañana, el tan esperado acontecimiento
se produjo. Dick, que acababa de subir a las barras, gritó:
- ¡Tierra! ¡Tierra!
Ante aquel grito todos se precipitaron sobre cubierta. Sólo Negoro no abandonó su
puesto.
La alegría era mayúscula, ya que al condensarse las brumas bajo los rayos del sol
y despejarse el horizonte, pudieron comprobar que Dick no se había equivocado.
Hacia el Este, a una distancia aproximada de cuatro millas, se perfilaba una costa
bastante baja.
El barco se deslizaba con rapidez en dirección al litoral y al cabo de dos horas sólo
tres millas lo separaban de la costa, que se prolongaba hacia el Sudeste como
una estrecha lengua de tierra, mientras hacia el Nordeste remataba en un cabo
bastante elevado que cubría una especie de rada. En la parte alta de unos
acantilados podían verse algunos árboles, que a aquella distancia se recortaban
contra el cielo.
Dick escrutaba con la mirada aquella costa, detrás de la cual se hallaba, con toda
seguridad, la cordillera de los Andes, y no pudo descubrir ningún puerto ni ría que
pudiese servir de refugio al barco, que iba acercándose a la tierra, llevado por el
viento que lo empujaba de lado.
Pronto una extensa zona de arrecifes, contra los que chocaban las olas,
levantando blancas columnas de espuma, se presentaron ante los asustados ojos
del grumete, quien comprendía que en aquel punto se producía sin duda una
monstruosa resaca.
El viento arreciaba y la Pilgrim bien pronto se encontraba a una milla de la costa
en la que Dick distinguió entonces una especie de pequeña ensenada a la que de-
terminó dirigirse, no sin gran riesgo, puesto que para llegar a ella preciso era
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