UN CAPITAN DE 15 AÑOS Un capitán de15 años | Seite 42
Un Capitán de Quince Años
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salvar una línea de arrecifes.
Dingo, que estaba en cubierta, llevado por un inexplicable instinto, se precipitó
hacia la proa, lanzando unos ladridos lastimosos, mientras dirigía su mirada a
tierra. Parecía como si reconociese aquel litoral, que provocaba en él algún
doloroso recuerdo.
Seguramente aquellos ladridos fueron oídos por Negoro, puesto que un irresistible
sentimiento lo llevó a dejar su puesto para dirigirse a cubierta, donde aquella
furiosa resaca pareció asustarle.
Dingo, cuyos tristes ladridos continuaban, no acusó la presencia del portugués,
afortunadamente para éste.
Sólo una persona se dio cuenta de que el semblante de Negoro se contraía un
tanto y que sus facciones se alteraban notablemente. Era la señora Weldon.
Dick Sand no dejaba de contemplar la ensenada que, poco a poco, iba
abriéndose. Abandonó la barra, que confió a Tom, y dirigiéndose a la señora
Weldon, le dijo con decisión:
-A pesar de todos mis esfuerzos, la Pilgrim estará antes de media hora sobre los
arrecifes. No veo, sin embargo, otra solución que acercarnos a la costa para poder
salvarles a ustedes, aunque tenga que perderse el barco. He hecho cuanto he
podido.
-Sí -asintió ella-, y por lo tanto no puedes reprocharte nada. Que Dios te guíe,
Dick.
El grumete empezó acto seguido a dar las órdenes para encallar con el menor
daño posible.
La señora Weldon, Jack, Nan y el primo Benedicto se colocaron los cinturones
salvavidas. El grumete y los negros, buenos nadadores todos ellos, se pusieron
también en condiciones de poder alcanzar la costa con facilidad, si se veían
precisados a lanzarse al mar.
Dick se encargaba del pequeño Jack y Hércules cuidaba de la señora Weldon. El
primo Benedicto, que parecía muy tranquilo, con su caja de insectos bajo el brazo,
fue confiado a Bat y a Austin. En cuanto a Negoro, daba a entender que no
precisaba ayuda de nadie.
Dick mandó subir al castillo de proa una docena de barriles que contenían aceite
de ballena. Pensó que aquel líquido, vertido a tiempo, calmaría las olas en el
momento en que el navío alcanzase los arrecifes.
Cuando el grumete dio por terminados todos aquellos preparativos, volvió a
ocupar su puesto junto a la rueda del timón. La Pilgrim se encontraba ya sólo a
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