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Un Capitán de Quince Años
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Toda la tripulación trabajaba con la mejor voluntad.
Dick consultaba muy a menudo el mapa para orientarse y establecer la posición
probable del barco. Estaba seguro de que antes de seis días la tierra aparecería
en el horizonte.
Sus observaciones las comunicaba siempre a la señora Weldon, que se
interesaba por la seguridad de todos.
- ¿A qué punto de la costa crees que llegaremos, Dick? -preguntaba la dama.
-No puedo precisarlo -respondió el grumete, pasean-su su dedo índice por encima
del mapa-, pero creo que si ésta es la isla de Pascua, que hemos dejado al Oeste,
el punto de llegada será poco más o menos por estos lugares -y señaló el cordón
litoral que se extiende desde el Perú hasta Chile-. Aquí, los puertos de escala son
bastante numerosos, aunque no me es posible determinar el punto exacto de
arribada. Pero sea cual sea el puerto, en él encontrará usted los medios para
llegar pronto a San Francisco.
- ¿Es que no piensas conducir la Pilgrim a San Francisco? -preguntó la señora
Weldon.
-Sí -afirmó Dick-; después que usted haya desembarcado.
-De acuerdo -consintió la señora Weldon. Y seguidamente preguntó:
- ¿Existe alguna dificultad para llegar a puerto?
-Al acercarnos a tierra tendremos que pasar algunos momentos peligrosos, pero
tengo la confianza de encontrar algún barco por estos parajes. Aunque sólo fuese
uno, podría informarnos de nuestra situación exacta, facilitándonos de esta
manera la llegada a tierra. Pero será preciso que continuemos acercándonos al
litoral para situarnos en la ruta de algunas líneas.
- ¿Y si no encontramos ese barco? -insistió la señora Weldon.
-Si el tiempo está claro y el viento no es mucho -explicó Dick-, procuraré remontar
la costa para encontrar algún refugio. Pero si el viento arrecia me veré obligado a
acercar el navío a la costa y las probabilidades de éxito serán menos.
El estado de la atmósfera sufrió algunas alternativas en el transcurso de los días
siguientes, que nuevamente inquietaron al grumete. Las oscilaciones de la
columna barométrica indicaban que el tiempo tendía otra vez a empeorar. Por eso
el grumete tenía que hacer grandes esfuerzos para no sucumbir al desaliento.
Aseguró los mástiles y varió, según las circunstancias, la composición del
velamen. No quería comprometer la situación de la Pilgrim, que hasta entonces se
había portado muy bien.
En algunos momentos temió que el viento cambiase su dirección hacia el Este,
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