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Un Capitán de Quince Años
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descansar.
A partir de entonces, todos los días, Dick se aproximaba a una u otra orilla y
desembarcaba para explorar las proximidades del río con el fin de renovar el
alimento. Cogía algunos vegetales comestibles y cuando le era posible procuraba
cazar alguna pieza, aun a sabiendas de que la detonación del fusil podía dar lugar
a ser localizados.
Uno de aquellos días en que Dick estaba solo en tierra, disparó contra un caama
cuyos cuernos aparecían por encima de un tallar. El animal, alcanzado por la bala,
se desplomó, pero cuando el grumete iniciaba la marcha para recogerlo, surgió a
treinta pasos de él un formidable cazador que, sin duda alguna, iba a reclamarle la
presa, demostrando que no estaba dispuesto a renunciar a ella. Dick Sand quedó
petrificado en el sitio. Ante él estaba un león de gran tamaño, de los que los
indígenas llaman "karamos". Era una bestia formidable.
El león había apresado entre sus enormes garras al caama, que con vida aún, se
estremecía chillando bajo las patas del feroz animal.
Dick Sand no había tenido tiempo de cargar de nuevo el arma, cosa que no pudo
hacer entonces porque el león, que lo había visto, le miraba fijamente.
El grumete recordó que en casos semejantes lo mejor era guardar una inmovilidad
absoluta. Por eso, dueño de sí, no hizo ningún movimiento. No trató de huir ni de
introducir un nuevo cartucho en el fusil.
El león vacilaba no decidiéndose ni por la presa que se movía ni por la que no se
movía.
Así transcurrieron dos minutos. La fiera contemplando a Dick y éste mirando al
león sin mover siquiera los párpados.
Seguro era que si el caama no se hubiera retorcido entre las garras del león, el
joven grumete estaría perdido. Pero, por fin, abriendo el león sus soberbias
fauces, cogió entre sus dientes al caama y se lo llevó hacia el interior del tallar.
Dick Sand no se movió durante algunos instantes más. Después se retiró
lentamente y fue a reunirse con sus compañeros a los que nada dijo del peligro
que había atravesado.
En su larga peregrinación, los fugitivos habían podido darse cuenta de que en
algunas depresiones del terreno existían indicios de antiguas aldeas, ahora
deshabitadas.
Aquello les hizo suponer que en el momento menos pensado pudieran aparecer
indígenas, entre los cuales eran de temer unos salvajes cuyas tribus vivían bajo
tierra en algunas comarcas bañadas por los ríos.
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