UN CAPITAN DE 15 AÑOS Un capitán de15 años | Page 111
Un Capitán de Quince Años
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Dick esta seguro de que aquel país albergaba alguna tribu de antropófagos, ya
que en alguna ocasión encontró huesos humanos medio calcinados entre cenizas
todavía humeantes.
Ante aquella perspectiva, Dick sólo se detenía lo estrictamente necesario para
realizar sus rápidas incursiones en las orillas, encargando a Hércules de que a la
menor señal de peligro se alejase río abajo.
La tan temida aparición de salvajes se produjo una tarde, cuando observaron que
a la derecha del río se levantaba una aldea lacustre, aprovechando que la
corriente del agua formaba en aquel lugar una especie de remanso, que bañaba
unas treinta chozas construidas sobre pilares de madera.
Aquellas chozas formaban como un puente por debajo del cual tenía que pasar
forzosamente la embarcación, ya que la parte izquierda del río no era practicable.
No que les quedaba más solución a los fugitivos que deslizarse por aquel sitio, con
el peligro de ir a tropezar con las redes que tendidas entre las estacas, frenarían a
la piragua, dando así la alarma en el poblado.
La noche era clara lo que también les perjudicaba porque podían ser descubiertos
más fácilmente.
Dick Sand, asomando la cabeza por entre la hierba que cubría la piragua, daba
órdenes en voz muy baja, para evitar el más mínimo choque contra las toscas
edificaciones. El momento más angustioso fue cuando vieron a dos indígenas
acurrucados próximos al agua conversando en voz alta. La piragua, llevada por la
corriente, tenía que pasar muy cerca de ellos ya que no era posible modificar su
dirección. ¿Iban a ser descubiertos?
En la embarcación el silencio fue total cuando cruzó cerca de los dos indígenas,
que en aquellos momentos parecieron discutir con más interés. Uno de ellos
mostraba al otro la hierba que iba a la deriva y que amenazaba con desgarrar las
redes que estaban tendiendo en aquellos momentos.
Con gran premura empezaron a recogerlas, mientras llamaban a otros para que
les ayudasen.
Inmediatamente aparecieron cinco o seis negros más, encaramándose en las
vigas que sujetaban las estacas.
La inmovilidad y el silencio eran absolutos en la piragua, que se deslizaba
lentamente, e incluso Jack, con sus manos, oprimía las mandíbulas del perro para
que no pudiese ladrar.
Si los indígenas recogían las redes con rapidez, la embarcación pasaría. De lo
contrario se detendría y sus ocupantes sería descubiertos.
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