mientras se acercaba al peón caminero,
y se detuvo en actitud interrogante.
—Vengo por un pico —dijo
Rafistole. Y añadió—: ¡Ah!… y también
una pala.
El otro dio la media vuelta
maquinalmente y desapareció por entre
un montón de regaderas. Volvió en
seguida con las herramientas pedidas.
Venían envueltas en unas tiras de papel
marrón, y cada una tenía una gran
etiqueta verde. Rafistole pagó, cogió
cuidadosamente las herramientas y salió.
Una vez fuera, dio algunos pasos; y
cuando estuvo seguro de que no le podía
ver el tendero, se paró, dejó la pala