diversos, algunos de utilidad dudosa,
pero cuyo aspecto nuevo, a propósito
para atraer la clientela, era lo único que
justificaba su presencia. Una segadora
de césped, una bicicleta, cuchillos,
cacerolas, un mueble de cocina…
Al entrar en la tienda, la puerta agitó
una campanilla que no paró de sonar.
Rafistole
esperó
en
aquella
semioscuridad. Miraba unos sobrecitos
de semillas cuyas flores, presentadas
muy favorecidas, formaban un jardín de
papel sobre las paredes de la tienda.
El tendero, vestido con un
guardapolvos gris, apareció en un
rincón. Se iba quitando las gafas