Rafistole había doblado una pierna y
apoyaba la suela de su zapato derecho
contra el tronco del árbol. Canturreaba
en voz baja, mirando el agua sobrante
del lavadero, que caía, con un alegre
gorgoteo en el Criarde, al que vertía sus
aguas blancuzcas, que más adelante
recobraban su transparencia. Cuando
tuvo su idea lo suficientemente clara,
precisa y firme, se marchó de la plaza,
pasó por delante de la granja de Raclot
y subió por la calle de los Valientes,
donde
estaba
el
almacén
de
Courquetaines.
Echó una mirada al escaparate, que
exhibía un montón de utensilios