UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 79

Rafistole había doblado una pierna y apoyaba la suela de su zapato derecho contra el tronco del árbol. Canturreaba en voz baja, mirando el agua sobrante del lavadero, que caía, con un alegre gorgoteo en el Criarde, al que vertía sus aguas blancuzcas, que más adelante recobraban su transparencia. Cuando tuvo su idea lo suficientemente clara, precisa y firme, se marchó de la plaza, pasó por delante de la granja de Raclot y subió por la calle de los Valientes, donde estaba el almacén de Courquetaines. Echó una mirada al escaparate, que exhibía un montón de utensilios