con una mano en el bolsillo, y dando de
cuando en cuando patadas a las piedras
que cubrían la calle Fer-à-chaud. Una
vez en la plaza del Lavadero, dejó que
las aves siguieran patosamente hacia el
río y él se apoyó en uno de los tilos.
Encendió un cigarrillo y echó unas
largas bocanadas grises que se
disolvieron en el aire tibio.
Le rondaba la cabeza una idea, cada
vez más precisa, a la que consagró dos
cigarrillos más. Estrujó el paquete
vacío, apuntó al puente y disparó. La
bolita azul, lejos de dar en el blanco,
falló lamentablemente y desapareció en
la comente.