UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 78

con una mano en el bolsillo, y dando de cuando en cuando patadas a las piedras que cubrían la calle Fer-à-chaud. Una vez en la plaza del Lavadero, dejó que las aves siguieran patosamente hacia el río y él se apoyó en uno de los tilos. Encendió un cigarrillo y echó unas largas bocanadas grises que se disolvieron en el aire tibio. Le rondaba la cabeza una idea, cada vez más precisa, a la que consagró dos cigarrillos más. Estrujó el paquete vacío, apuntó al puente y disparó. La bolita azul, lejos de dar en el blanco, falló lamentablemente y desapareció en la comente.