nada al ver aquellas piernas pataleando
en el aire en medio del montón de cajas.
Rafistole estaba ileso. Se revolvió
entre las cajas, se levantó, se sacudió el
polvo y fue a sentarse delante de su vaso
de vino blanco. Y les dijo al dueño y a
su mujer, que le miraban sin entender
absolutamente nada:
—No es nada… no es nada…
Luego, sin beberlo, pagó su vino y,
de nuevo, salió.
El sol, al acariciar su cara, le daba
el tono suave de la piel de un niño.
Rafistole aprovechó el paso torpón de
tres patos, para ponerse detrás de ellos.
Andaba lentamente, con la cabeza baja,