UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Página 77

nada al ver aquellas piernas pataleando en el aire en medio del montón de cajas. Rafistole estaba ileso. Se revolvió entre las cajas, se levantó, se sacudió el polvo y fue a sentarse delante de su vaso de vino blanco. Y les dijo al dueño y a su mujer, que le miraban sin entender absolutamente nada: —No es nada… no es nada… Luego, sin beberlo, pagó su vino y, de nuevo, salió. El sol, al acariciar su cara, le daba el tono suave de la piel de un niño. Rafistole aprovechó el paso torpón de tres patos, para ponerse detrás de ellos. Andaba lentamente, con la cabeza baja,