cruzó por el primer puente que encontró.
En ese lugar se hizo más insistente la
llamada del café de la Clique y empezó
a acelerar el paso. Al poco rato, corría.
La atracción era irresistible, atroz. La
minúscula fachada del café se agrandaba
a ojos vista, al fondo de la calle, en la
esquina de la plaza. Rafistole se puede
decir que volaba. Volaba. No tocaba
tierra.
En medio de un estrépito horrible,
entró como una tromba por la puerta y
tropezó contra un montón de cajas de
cerveza que se le cayeron encima.
Robert, que no había notado ni la salida
ni la entrada de su cliente, no entendía