UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 75

comida. Si hubiera vuelto la espalda en el punto cumbre de la carrera, se hubiera encontrado con que le habían seguido los gatos, los perros, conejos y zorros de los alrededores. Hasta las vacas, que contemplaban a aquel silencioso corredor, comenzaban a tener envidia. Pero se paró y el encanto se rompió. Como le ocurre a un cohete a reacción, Rafistole había llegado también a la cima de su trayectoria, a ese punto del que ya no se puede pasar, y de nuevo sentía la atracción, imperceptible al principio, más fuerte cada vez. Reanudó la marcha, rodeó el pueblo por las praderas que bordeaban el río, el cual