comida. Si hubiera vuelto la espalda en
el punto cumbre de la carrera, se hubiera
encontrado con que le habían seguido
los gatos, los perros, conejos y zorros
de los alrededores. Hasta las vacas, que
contemplaban a aquel silencioso
corredor, comenzaban a tener envidia.
Pero se paró y el encanto se rompió.
Como le ocurre a un cohete a reacción,
Rafistole había llegado también a la
cima de su trayectoria, a ese punto del
que ya no se puede pasar, y de nuevo
sentía la atracción, imperceptible al
principio, más fuerte cada vez. Reanudó
la marcha, rodeó el pueblo por las
praderas que bordeaban el río, el cual