UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 74

sin dejar de correr, el sendero de cabras; un sendero insignificante que discurría por entre unas viejas casuchas y desembocaba directamente en el campo. Un puentecillo destartalado le permitió pasar el Criarde y se encontró, yendo siempre al mismo paso, en medio de unos prados salpicados de vacas, margaritas y amapolas. Se detuvo y empezó a preguntarse qué demonios le había sucedido. Ese hombre, que todavía ayer era incapaz de hilar dos ideas seguidas, comprendió, de pronto, que acababa de alejarse de Robert, del café de la Clique y, sobre todo, de su vasito de vino blanco de antes de la