sin dejar de correr, el sendero de
cabras; un sendero insignificante que
discurría por entre unas viejas casuchas
y desembocaba directamente en el
campo. Un puentecillo destartalado le
permitió pasar el Criarde y se encontró,
yendo siempre al mismo paso, en medio
de unos prados salpicados de vacas,
margaritas y amapolas. Se detuvo y
empezó a preguntarse qué demonios le
había sucedido. Ese hombre, que
todavía ayer era incapaz de hilar dos
ideas seguidas, comprendió, de pronto,
que acababa de alejarse de Robert, del
café de la Clique y, sobre todo, de su
vasito de vino blanco de antes de la