ningún visillo. ¿Se sintió atraído por la
cruda luz del sol o por el verde que
crecía a lo largo del camino de cabras?
Lo cierto es que, con la mirada perdida
en el infinito, dejó su vaso de vino en la
mesa más cercana, abrió la puerta y
salió.
Una vez en la acera, aspiró largo
tiempo el aire cálido y oloroso. Se puso
a brincar como un niño, primero en la
acera y luego atravesando la plaza. A
este trotecillo alegre sucedió un paso de
carrera auténticamente atlético, que
nadie en el pueblo le conocía.
Cuando
hubo
atravesado
la
explanada deslumbrante de sol, cogió,