UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 73

ningún visillo. ¿Se sintió atraído por la cruda luz del sol o por el verde que crecía a lo largo del camino de cabras? Lo cierto es que, con la mirada perdida en el infinito, dejó su vaso de vino en la mesa más cercana, abrió la puerta y salió. Una vez en la acera, aspiró largo tiempo el aire cálido y oloroso. Se puso a brincar como un niño, primero en la acera y luego atravesando la plaza. A este trotecillo alegre sucedió un paso de carrera auténticamente atlético, que nadie en el pueblo le conocía. Cuando hubo atravesado la explanada deslumbrante de sol, cogió,