UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Seite 72

preparar las del fondo. —¡Ah, sí! —dijo Rafistole que se levantó para realizar el cambio. El dueño pasó una bayeta por las mesas, se marchó a la trastienda y volvió con unos manteles de papel. En seguida se oyó el ruido de los platos al irlos colocando en las mesas, luego los cubiertos, los vasos y, finalmente, las sillas al ponerlas en su sitio. Rafistole, aún con su vaso de vino en la mano y después de haber dejado libre la mesa del fondo, permaneció de pie, mirando la plaza del ayuntamiento a través del cristal de la puerta, el cual tenía la ventaja de no estar tapado por