preparar las del fondo.
—¡Ah, sí! —dijo Rafistole que se
levantó para realizar el cambio. El
dueño pasó una bayeta por las mesas, se
marchó a la trastienda y volvió con unos
manteles de papel. En seguida se oyó el
ruido de los platos al irlos colocando en
las mesas, luego los cubiertos, los vasos
y, finalmente, las sillas al ponerlas en su
sitio.
Rafistole, aún con su vaso de vino
en la mano y después de haber dejado
libre la mesa del fondo, permaneció de
pie, mirando la plaza del ayuntamiento a
través del cristal de la puerta, el cual
tenía la ventaja de no estar tapado por