En aquel momento, el gordinflón
estaba sacando brillo a varios objetos
de cobre, así como a los grifos de la
cerveza de barril. Acompañaba,
silbando, la musiquilla del acordeón.
Pero tan desaliñadamente, que a veces
parecía como si hubiese una segunda
voz. Cuando se hartó de aquella música,
se dirigió lentamente hacia el aparato de
radio, movió los botones pasando
sucesivamente de un concierto clásico a
informaciones, a un discurso de la
Asamblea Nacional y a la retransmisión
de un partido de tenis. Después de un
enorme guirigay de interferencias, por
fin se decidió a dejar la interviú que