UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 66

a raudales oblicuos y en la que brillaba una cantidad infinita de motitas de polvo. Una música de acordeón lanzaba sus agrias notas desde el viejo aparato de radio, encajado entre dos estanterías atestadas de unos librejos descoloridos sostenidos por pisapapeles de imitación bronce. Una olla a presión escupía su ácido perfume en la cocina contigua, de donde Anaís salía constantemente cruzando la cortina de tapones. Esta hacía un ruido parecido al de unos collares que se entrechocasen. Llevaba un montón de cubiertos que Robert debería colocar en las cuatro mesas del fondo del local.