a raudales oblicuos y en la que brillaba
una cantidad infinita de motitas de
polvo. Una música de acordeón lanzaba
sus agrias notas desde el viejo aparato
de radio, encajado entre dos estanterías
atestadas de unos librejos descoloridos
sostenidos por pisapapeles de imitación
bronce. Una olla a presión escupía su
ácido perfume en la cocina contigua, de
donde Anaís salía constantemente
cruzando la cortina de tapones. Esta
hacía un ruido parecido al de unos
collares que se entrechocasen. Llevaba
un montón de cubiertos que Robert
debería colocar en las cuatro mesas del
fondo del local.