miles de flores resplandecían en todos
los balcones, cuando el peón caminero
Rafistole tuvo la inspiración de hacer la
gran obra que iba a transformar su vida.
He aquí lo que ocurrió:
Eran justo las diez y Rafistole,
acodado en su habitual mesa de mármol
del café de la Clique, estaba tomando el
poco sol que se filtraba a través de los
visillos del ventanal. A sus espaldas
relucía el espejo nuevo colocado la
víspera y que reemplazaba, por fin, a
aquel otro que había tenido el trágico fin
que ya sabemos. Ni una mosca turbaba
la tranquila atmósfera impregnada de
resplandeciente luz que bajaba del cielo