dejado en el camino Mathieu, y vio que
la rueda delantera estaba torcida. Soltó
un taco, más que nada porque le dolía el
brazo. Pronto sería la hora del relevo de
la tarde; estaba preguntándose cómo iría
a su casa, cuando se dio cuenta de que
en la pendiente, un poco más abajo de
donde él estaba, unos matorrales se
movían sospechosamente. Abandonó su
vehículo, cuyo timbre sonó al chocar
con las piedras del suelo, y bajó una
veintena de metros para ver qué era
aquel misterio.
El misterio se llamaba Raclot y
Grisón. Los dos chicos habían subido al
acabar la escuela, para probar suerte en