frente cada vez más ancho. Ya no se
podía hacer nada.
Había el peligro de que algunos
malintencionados se aprovecharan de
aquello, y del hecho de que los
gendarmes estaban ocupados, para
intentar penetrar en la zona. Así es que
gritó a sus dos subalternos que no tenían
ojos más que para el fuego:
—¡Dejad, dejad eso!… ¡Vigilad!
¡Vigilad!
¡No iba descaminado el muy cuco!
Los del pueblo acudían por decenas,
armados de palas y de otros
instrumentos, para ayudar a los
gendarmes a sofocar el incendio. Pero