UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 54

frente cada vez más ancho. Ya no se podía hacer nada. Había el peligro de que algunos malintencionados se aprovecharan de aquello, y del hecho de que los gendarmes estaban ocupados, para intentar penetrar en la zona. Así es que gritó a sus dos subalternos que no tenían ojos más que para el fuego: —¡Dejad, dejad eso!… ¡Vigilad! ¡Vigilad! ¡No iba descaminado el muy cuco! Los del pueblo acudían por decenas, armados de palas y de otros instrumentos, para ayudar a los gendarmes a sofocar el incendio. Pero