que fueran a ocupar sus puestos de
vigilancia. Con un tiempo así, daba
gusto. Los dos gendarmes se fueron, uno
hacia la derecha, el otro hacia la
izquierda, a doscientos metros de la
caseta, en la que se quedaría el jefe.
Cada uno saludó de lejos a los
compañeros de los puestos vecinos que
acababan también de empezar su
guardia. Entre todos ellos tejían una red
inexpugnable que se extendía kilómetros
y kilómetros…
El cabo se sentó sobre la hierba,
cogió una pajita, la introdujo entre sus
dos incisivos superiores y, armado así,
se dispuso a esperar a que acaba ra la