UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 46

que fueran a ocupar sus puestos de vigilancia. Con un tiempo así, daba gusto. Los dos gendarmes se fueron, uno hacia la derecha, el otro hacia la izquierda, a doscientos metros de la caseta, en la que se quedaría el jefe. Cada uno saludó de lejos a los compañeros de los puestos vecinos que acababan también de empezar su guardia. Entre todos ellos tejían una red inexpugnable que se extendía kilómetros y kilómetros… El cabo se sentó sobre la hierba, cogió una pajita, la introdujo entre sus dos incisivos superiores y, armado así, se dispuso a esperar a que acaba ra la