jornada. Como el tiempo pasaba
lentamente, se puso a reflexionar.
Pensaba en esa zona de la que él tenía la
obligación de alejar a los curiosos; esa
zona de la que no sabía ni una palabra.
No era el único, pues, a decir verdad,
nadie sabía nada. Era un secreto muy
bien guardado, porque era un secreto de
Estado. En todas las carreteras, caminos
o senderos que se acercaban a la zona,
se podía leer el mismo cartel, cientos de
veces repetido:
ZONA PROHIBIDA
Absolutamente