UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 47

jornada. Como el tiempo pasaba lentamente, se puso a reflexionar. Pensaba en esa zona de la que él tenía la obligación de alejar a los curiosos; esa zona de la que no sabía ni una palabra. No era el único, pues, a decir verdad, nadie sabía nada. Era un secreto muy bien guardado, porque era un secreto de Estado. En todas las carreteras, caminos o senderos que se acercaban a la zona, se podía leer el mismo cartel, cientos de veces repetido: ZONA PROHIBIDA Absolutamente