UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 43

cinco años, ganaba a sus dos jóvenes subalternos. Al llegar, se tomaban cinco minutos de descanso para resoplar, tanto más cuanto que, debido a la carrera, llegaban con anticipación para el relevo. En el puesto, una pequeña cabaña hecha con troncos de madera, los tres gendarmes que habían pasado la noche de guardia atusaban sus uniformes e hinchaban las ruedas de sus bicicletas, que alguno de ellos había saboteado —incluyendo la suya para confundir a los demás—, broma a la que ya estaban acostumbrados, puesto que se repetía todos los días desde hacía veinte años.