cinco años, ganaba a sus dos jóvenes
subalternos.
Al llegar, se tomaban cinco minutos
de descanso para resoplar, tanto más
cuanto que, debido a la carrera, llegaban
con anticipación para el relevo. En el
puesto, una pequeña cabaña hecha con
troncos de madera, los tres gendarmes
que habían pasado la noche de guardia
atusaban sus uniformes e hinchaban las
ruedas de sus bicicletas, que alguno de
ellos había saboteado —incluyendo la
suya para confundir a los demás—,
broma a la que ya estaban
acostumbrados, puesto que se repetía
todos los días desde hacía veinte años.