UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 29

posase junto a él, le asestó violentamente un golpe con el rollo de periódico y no falló. Luego, de un papirotazo, lanzó al suelo el minúsculo cadáver, que fue a reunirse con los restos del desdichado espejo. —Eso es lo que hago yo con los indeseables —dijo, dándose importancia. Anaís, la mujer de Robert, apareció tras la cortina de tapones con un recogedor y una escoba y comenzó a recoger los restos. —Ten cuidado —le dijo su marido —. Hay trozos en las sillas y hasta en las mesas.