posase junto a él, le asestó
violentamente un golpe con el rollo de
periódico y no falló. Luego, de un
papirotazo, lanzó al suelo el minúsculo
cadáver, que fue a reunirse con los
restos del desdichado espejo.
—Eso es lo que hago yo con los
indeseables
—dijo,
dándose
importancia.
Anaís, la mujer de Robert, apareció
tras la cortina de tapones con un
recogedor y una escoba y comenzó a
recoger los restos.
—Ten cuidado —le dijo su marido
—. Hay trozos en las sillas y hasta en
las mesas.