periódico doblado que llevaba en la
mano. Luego se acercó a los dos
hombres, se percató de los restos
brillantes esparcidos por el suelo y
sobre las mesas, y dijo apuntando a
Rafistole con la punta de su periódico,
enrollado como una porra:
—¡Otra vez está este hombre
borracho!
La mosca sobrevolaba la catástrofe,
como un avión que volviese para
comprobar que su bombardeo había
surtido efecto.
—Esto… No ha sido él… Ha sido
una mosca —balbució Robert, apenas
repuesto de su estupor.