UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Página 26

la calle, preparó su trapo, apuntó guiñando un ojo y, ¡zas!, atizó un buen golpe en el sitio exacto que la mosca acababa de dejar justo a tiempo. El espejo pegó un salto, se descolgó y se deslizó por la pared hasta el suelo, en donde se hizo añicos. Atontado, Robert miraba al suelo, cubierto con miles de trocitos de cristal. Rafistole, que se había salva do milagrosamente, se había levantado y miraba al dueño del bar, inmóvil. Justo en ese momento entró el cabo Beauras. Sorprendido por lo insólito de la escena, se paró un momento en el umbral de la puerta, manoseando el