la calle, preparó su trapo, apuntó
guiñando un ojo y, ¡zas!, atizó un buen
golpe en el sitio exacto que la mosca
acababa de dejar justo a tiempo.
El espejo pegó un salto, se descolgó
y se deslizó por la pared hasta el suelo,
en donde se hizo añicos. Atontado,
Robert miraba al suelo, cubierto con
miles de trocitos de cristal. Rafistole,
que se había salva do milagrosamente, se
había levantado y miraba al dueño del
bar, inmóvil.
Justo en ese momento entró el cabo
Beauras. Sorprendido por lo insólito de
la escena, se paró un momento en el
umbral de la puerta, manoseando el