ella con una servilleta en la mano. Hacía
grandes aspavientos, y la mosca
zumbaba a su alrededor, cuidándose de
quedar fuera de su alcance. Robert,
exasperado, comenzó a soltar sus tacos
más típicos. La mosca se alejó de la
zona del mostrador, atravesó el local y
se posó sobre el gran espejo, un metro
más arriba de la cabeza de Rafistole.
—¡Encima va a llenar todo de
cagaditas!… —gruñó Robert.
Y atravesó él también el local, pero
con cuidado para no espantar al insecto
y, acercándose de puntillas desde la
mesa donde Rafistole observaba con la
mirada vacía en los visillos que tapaban