concedía gratis el alojamiento en una
vieja casucha a la salida del pueblo, que
nunca hubiera podido alquilar a nadie.
Una mosca entró por la puerta que
daba a la cocina, a través de la cortina
de sartas de tapones, trayendo consigo
un fuerte olor a pescado frito.
—¡Mira, una mosca! —dijo
Rafistole.
—¡Qué asco! —murmuró Robert—.
Apenas llega la primavera y ya vienen
a…
—Los chicos se han ido —comentó
el peón caminero.
—Mejor.
Robert agarró una silla y se subió a