carteles que representaban a varias
mujeres sonriendo delante de unos
aperitivos, apenas conseguían tapar los
enormes desconchones. Una gran
variedad de frascos adornaban las grises
estanterías.
—¿No tienes trabajo? —dijo el
dueño del bar, pretendiendo continuar la
conversación.
—Ya lo he terminado.
—¡Ah! Entonces no tenías mucho
que hacer.
—No.
Rafistole nunca tenía mucho que
hacer. El ayuntamiento lo empleaba en
quitar hierba de aquí y de allá, y le