UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 23

carteles que representaban a varias mujeres sonriendo delante de unos aperitivos, apenas conseguían tapar los enormes desconchones. Una gran variedad de frascos adornaban las grises estanterías. —¿No tienes trabajo? —dijo el dueño del bar, pretendiendo continuar la conversación. —Ya lo he terminado. —¡Ah! Entonces no tenías mucho que hacer. —No. Rafistole nunca tenía mucho que hacer. El ayuntamiento lo empleaba en quitar hierba de aquí y de allá, y le